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La montaña que baila

Hay libros que sorprenden. Que se cruzan en el camino sin saber muy bien porqué. Ni para qué. Pero, lo hacen. Aparecen y se quedan. Dentro de ti, ocupando un lugar que no sabías que estuviera vacío. Es más, ni siquiera sabías que existía. Es lo que me está pasando con Canto jo i la muntanya balla, de Irene Solà (existe traducción al castellano).

Hasta ahora, en este blog he escrito sobre libros que ya había terminado de leer. Pero, si me lo permites, esta vez no va a ser así. ¡Toda regla tiene su excepción! Aunque todavía ando sumergida en las páginas de esta cautivadora novela, ya sé que es auténtica. Inusual. Brillante. Es una obra de lectura pausada. Debe saborearse, como la comida. Sin prisa. Con dedicación. Con el teléfono móvil en silencio para evitar cualquier interrupción, como si contemplaras la salida o la puesta de sol. Sumergiéndote en el instante preciso de ir descubriendo una a una las palabras que se te muestran. Degustando la peculiar forma de narrar de la autora, que te cuenta una historia por medio de personas, pero también a través de voces poco habituales: nubes, setas y, ¡seres mágicos! Cada capítulo parece un relato distinto sobre una montaña concreta, pero, a medida que te vas adentrando en la historia que se cuenta, comprendes la estrategia de la autora. Y te maravillas, ¡qué mujer más ingeniosa!

Conforme voy leyendo, algunas frases llaman mi atención. Retrasan el curso de la lectura y provocan un ir y venir de la mirada, paseándose entre el principio y el final de la oración. ¡Las subrayo! Con un lápiz. Hay quienes usan un bolígrafo. Yo no, de ninguna manera quisiera quitarle protagonismo a la longevidad de la tinta impresa en el papel. Ella es la verdadera estrella del libro. La responsable de la aparición de carbón negro en varias páginas, con forma de rayas horizontales y anotaciones.

Reproduzco aquí (la traducción es mía) algunas de estas frases, que he leído de forma repetida. Una, dos, tres veces. Empapándome de cada palabra, comprendiendo su significado. Abandonando temporalmente la soledad que siempre acecha y sumergiéndome en un mundo nuevo. Poético. A ratos cruel. Naturaleza pura que atrapa tu intelecto y acaricia tu corazón.

Si te cruzas con este libro, cátalo. La editorial Anagrama tiene en su web un fragmento a tu disposición (solo en catalán). Irene Solà no te dejará indiferente. Yo, ¡me quito el sombrero!

«Ho va dir en veu alta, perquè quan hom està sol no fa falta pensar en silenci.»  (Lo dijo en voz alta. Porque, cuando se está solo, no hace falta pensar en silencio).

 «Se li ha assecat la boca a l’avi Ton. Com una pansa. A alguns homes se’ls encalla i se’ls asseca la llengua dins la boca, i no saben obrir-la ni per dir coses boniques als seus fills, o coses boniques als seus nets, i així es perden les històries de les famílies.»  (Se le ha secado la boca al abuelo Ton. Como una pasa. A algunos hombres se les encalla y se les seca la lengua dentro de la boca, y no saben abrirla ni para decir cosas bonitas a sus hijos, o cosas bonitas a sus nietos, y así se pierden las historias de las familias).

 «Ja me n’adono, de les trampes que en fa la memòria. Dels paranys que em para el cap, que em pensa només les coses bones, que tria les pomes boniques de la safata, i llença, com peladures, com castanyes bordes, les coses dolentes, com si no haguessin sigut.»  (Me doy cuenta de las trampas que me hace la memoria. De las trampas que me provoca la cabeza, que piensa solo en las cosas buenas, que escoge las manzanas bonitas de la bandeja, y lanza, como pieles, como castañas bordes, las cosas malas, como si no hubieran ocurrido).

Publicado en Escritura Libros

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