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Coleccionando

El cine no es un arte que filma la vida, el cine está entre el arte y la vida. Jean Luc Godard

La mayoría de las personas coleccionamos algo. Monedas, cromos, sellos. Algunas, ¡hasta amantes! Recientemente he descubierto que este afán coleccionista se debe a dos motivos. En primer lugar, a nuestra carga genética. Nuestros antepasados nómadas empleaban casi todo su tiempo en buscar cosas: comida, cobijo, leña, ¡pareja! Aunque haya transcurrido bastante tiempo entre nuestros ancestros y nosotros, perdura su legado. Pero, hay otro motivo: cuando conseguimos aquello que buscamos, sentimos placer. Lo produce la dopamina que libera el cerebro al haber conseguido su objetivo. La dopamina es una de las cuatro hormonas de la felicidad. Las otras son la endorfina, la serotonina y la oxitocina. Inciden en nuestros estados de alegría y de bienestar. El problema es que, con el paso del tiempo, podemos aburrirnos. Dejamos de sentir placer. Así que buscamos otra fuente de dopamina. Otra colección. A lo mejor una más rara. Más extravagante. ¡Peligro! Hay gente que pierde la cabeza. ¡O la fortuna! El año pasado, un hombre pagó más de un millón de euros por una botella de whisky. ¡Va en serio! En las subastas es habitual que se paguen cantidades desorbitadas por bebidas alcohólicas. Nos va la marcha. Las monedas también gustan mucho. Nuestra antigua peseta, por ejemplo, desata pasiones entre los coleccionistas. Algunas personas ni siquiera se han despedido de ella. Ojo al dato: según el Banco de España, todavía quedan unos 275.000 millones de pesetas sin cambiar a euros. No está mal, si tenemos en cuenta que hace veinte años que la peseta quedó atrás. ¡Veinte! Si te has sonrojado al leer esto, es porque tienes alguna pesetita escondida en un cajón. Yo también. Por despiste, nostalgia o simple pereza en ir al banco. Tenemos de plazo hasta el 31 de diciembre de este año para cambiarlas. Pero, ¡ojo! Infórmate bien antes, porque hay monedas que tienen un valor bastante mayor al que obtendrás en euros. Así que, si por fin te decides a dar el paso, revisa antes tus pesetas.

Yo también soy coleccionista. Pero, en mi caso, el valor de lo coleccionado es solo emocional. Colecciono mis entradas de cine. Las guardo en álbumes de sellos. Anoto el nombre de la película, la fecha en la que la he visto, y el número de entrada. Inauguré mi colección en 1990, con Pretty woman. Lo sé, lo sé, no es una gran película. Pero, ¡tenía quince años! Al menos nos descubrió a Julia Roberts que, por suerte, pudo demostrar la gran actriz que es en Erin Brockovich. Si no la has visto, ¡corre! A fecha de hoy tengo 449 entradas, lo que deja una media de, en treinta años, unas quince películas anuales. ¡No está mal! Si hubiera empezado la colección antes, seguramente pasaría de las quinientas. Cuando miro mis álbumes siento nostalgia. En Barcelona muchas salas ya no existen: ABC, Alcázar, Atenas, Balmes, Casablanca, Fantasio, Savoy. Otras, delatan mi paso por otros países: Cinema Acropole (Bruselas), Cine Casablanca y cine Punta Carretas (Montevideo), Cine Capitol (Guatemala). Pasar las páginas de mis tres álbumes es revisar mi vida. Recordar. En la mayoría de los casos recuerdo si fui sola o acompañada y, en este caso, con quien. Nunca me ha asustado ir al cine sola. Más bien al contrario, me gusta. Vivo más la película. La siento más.

Últimamente ya no voy tanto al cine. Las plataformas Netflix y Movistar+ resultan demasiado tentadoras. Aunque nunca podrán competir con lo que transmite una sala de cine cuando se apagan las luces y se enciende la pantalla. Es imposible. Cuando sí voy al cine, no tengo una entrada física que guardar después. Estamos en la era digital. Aún así, lo anoto en el álbum. A veces, hasta imprimo en tamaño pequeño el cartel de la película. Quizá mi colección esté llegando a su final. No así mi amor por el cine. Lo compartí contigo en mi homenaje a Kirk Douglas y lo reafirmo. Me encanta mirar películas, sumergirme en su magia. Dejarme llevar a otras vidas, otros paisajes. El cine emociona, divierte, sacude. Nos muestra las grandezas de las personas, así como sus miserias. Y, durante unos minutos, nos hace sentir menos solos.

¡Larga vida al cine!

Publicado en Escritura Historia real

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