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No un día cualquiera

No se habla lo suficiente de la muerte. La silenciamos, como si así no fuera a pronunciar nuestro nombre. Le damos la espalda pero, acostumbra a venir de frente. Sabemos que puede no haber un mañana. Un después. En cualquier instante podemos desaparecer dejando atrás recuerdos y anécdotas. Nos guste o no, es así. La muerte es la única certeza con la que vivimos, la única carta que conocemos de antemano. Y la que nos iguala a todos. Pero, la negamos. La invisibilizamos. Nos da miedo. Nos aterra. Sería mucho más saludable aceptarla como compañera del tablero de juego. Si aceptáramos el ritmo natural de la vida, probablemente nuestras decisiones serían distintas y nuestra vida más auténtica. No habría tanto rencor, ni reproches, sino más amabilidad y respeto. Porque, no hay tiempo que perder. Es importante recordarlo. Debemos intentar vivir al máximo el ahora. Y, con esto, no me refiero a hacer lo que nos dé la gana, sino a escucharnos, a conocernos y a sernos fieles. Fiel a ti. No a la sociedad, familia, pareja, o jefe. No. A ti. Intentar ser tú, luchar por tus sueños. Por supuesto siempre teniendo presente que tu libertad acaba donde empieza la de los demás. No es algo fácil. Ser consecuente con uno mismo a veces conlleva pagar un precio muy alto. Ganas incomprensión, críticas, silencios incómodos. Pero también ganas algo muy importante: tú. Al fin y al cabo, eres la única persona con la que vas a estar durante toda tu vida, así que más vale que te gustes y que estés conforme con la vida que caminas. Tienes que actuar de tal modo que, cuando veas tu rostro reflejado en el espejo, puedas mantenerte la mirada. Esta es la teoría. No obstante, llevarla a la práctica no resulta sencillo, ¿verdad? Lo sé. También lo sufro. Hay personas que se pasan la vida buscándose. Probando todo tipo de terapias alternativas. Es un camino largo y arduo. Por fortuna, de vez en cuando la vida nos hace un guiño. Nos recuerda lo que de verdad importa. A veces arrancando a algún ser querido de nuestro lado. Pero, otras, lo hace de forma más sutil. Aunque sea de forma artificial. Una de estas señales sucede cada cuatro años: el año bisiesto. Como la Tierra tarda 365 días y casi seis horas en completar su órbita alrededor del Sol, cada cuatro años se suma un día al calendario. El 29 de febrero. Es un día extra. ¡Un día de regalo! Y esto va a suceder mañana. ¡Mañana! En mi caso, va a ser mi duodécimo 29 de febrero y, si te digo la verdad, no recuerdo ninguno de los once anteriores. Eso significa que no hice nada especial. Nada digno de recordar. ¡Qué lástima! Así que este año me he propuesto hacer algo original. Algo distinto. Se me ocurren varias cosas: merendar a lo grande; visitar algún edificio histórico de esos que abundan en Barcelona y que no he pisado nunca; ver una película que jamás elegiría; vestirme como si fuera otra persona; alisarme los rizos y fotografiarme para dejar constancia; etc. En realidad, poco importa el qué. Solo hay un único requisito: que me haga sentir bien. Que me arranque una sonrisa. Si son varias, ¡mejor!

¿Te apuntas?

¡A por el 29 de febrero!

Publicado en Escritura Historia real

3 comentarios

  1. Jordi Ortega Soriano Jordi Ortega Soriano

    Me gusta mucho la idea de hacer algo especial.Muy buena reflexión y que bien que escribes.Siempre que leo algo tuyo me haces sentir lo vivo que estoy.

    • Virginia Virginia

      Gracias Jordi por tu comentario, es precioso.

  2. Lali Lali

    Muy bonito y cierto bien escrito 🥰

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