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¡Qué manía!

Tenía once años cuando vi por primera vez a una mujer negra. Era inglesa y se llamaba Henrietta. No tenía rival posible en el baloncesto y yo la miraba, admirada, moverse con rapidez y precisión. Recuerdo el olor de su sudor, justo antes de darnos una ducha en el vestuario de chicas. Era un olor intenso, que mis compañeras de curso atribuían a su raza. Mi corta edad no entendió el racismo que había en esta afirmación. Por aquel entonces yo era bastante ingenua y todavía no había comprendido que, según dictaban las normas por las que se regía (y se rige) el mundo humano, yo tenía el mejor color de piel posible: el blanco. Sin embargo, raro era el verano en el que mi piel no acababa enrojecida y dolorida por los rayos de sol, ¡también a tiras!

Fue con veinticinco años, con ocasión de mis viajes a Cuba y Guatemala, cuando descubrí que el color de mi piel importaba. Tuve varios pretendientes rondándome que, sin conocerme, me juraban amor eterno. La mayoría eran negros, indígenas y mestizos. El color de mi piel servía de imán. También mi pasaporte europeo. Parecían ser una vía de escape hacia una vida mejor. Con posibilidades de construir algo. De simplemente tener opciones. También recibí odio de alguna gente. Un sentimiento que no me correspondía como persona, pero sí como raza. No en vano, en algunos poblados de África todavía hoy el hombre blanco es considerado un demonio y, por eso, al ver a algún ejemplar, los niños huyen despavoridos. Gritando y llorando. Y es que, si lo piensas, la blancura no ha sido mucha garantía de cosas buenas. Hemos exterminado pueblos enteros, así como arrancado a miles de negros de un continente para usarlos como esclavos. Si algo siento por ser blanca, es vergüenza.

Mira George Floyd. Se ha convertido en otro ejemplo de abuso y prepotencia blanca. ¡Existen tantos! No puedo ni imaginar lo que tiene que ser notar la rodilla de alguien clavada en tu cuello, impidiéndote respirar. Sentir su mirada gélida e indiferente a tu súplica. Es cruel. Innecesario. Despiadado. Injusto. Despreciable. Y, por desgracia, profundamente real y frecuente. Otra muestra del gran camino que aún tiene por recorrer la especie humana. Empeñada en diferenciar por razas. Por clases. Por nacionalidades. Por culturas. Como si hubiera una posible clasificación entre ellas de mejor a peor. ¡Qué manía! Tenemos que ponernos manos a la obra. Revisar nuestras actitudes, opiniones, relaciones. Porque, ese racismo que denunciamos sin descanso, lo llevamos dentro. Está ahí, latente. Solo hace falta la ocasión precisa para que aflore. Y es inadmisible. Debemos erradicarlo. Ése sí es un enemigo. Abramos los ojos: la naturaleza es diversa. No existe ningún ser igual a otro y la gama de colores es infinita. Nuestro entorno nos lo muestra continuamente. Entonces, ¿por qué empeñarnos en defender (a muerte incluso) una única opción?

Toca ponerse las pilas. Ya.

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Publicado en Compromiso Historia real Naturaleza

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