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La imaginación como antídoto

Estos días me acuerdo mucho de Ally McBeal. Recuerdo especialmente las fantasías y alucinaciones del personaje, interpretado por Calista Flockhart. Cuando alguien le hacía una jugarreta, se imaginaba poniéndole una zancadilla. A veces, incluso le arrancaba la cabeza. La mujer, mientras, sonreía. También recuerdo el sombrero del inspector Gadget, del que salían todo tipo de artilugios. Como el gadgetomazo, una mano mecánica con un mazo de madera con el que golpear.

La imaginación es una útil herramienta de desahogo cuando alguien nos saca de nuestras casillas. Algunos ejemplos recientes de estos individuos: los que han pasado del confinamiento, porque era algo aburrido; los que abandonan guantes y mascarillas en cualquier lugar menos en una papelera; la mayoría de nuestra clase política, digno ejemplo de no estar a la altura de las circunstancias; la gente que ni respeta la distancia de seguridad ni hay manera de que esconda la nariz detrás de la mascarilla; los energúmenos que disfrutan tirando petardos a cualquier hora del día, con la excusa de que San Juan justifica hacer lo que se quiera antes, durante y después de la verbena. Pobrecitos, ¡que han estado confinados!

Soy amiga del buen humor y de la broma, de la lucha por la sonrisa ajena. Como reza el poema de Mario Benedetti, defiendo la alegría como un principio, como una trinchera. Con mi escritura busco dejar al lector con una sonrisa en los labios, remar hacia ese mundo que diviso y que intento colaborar en crear. Uno comprometido con los demás. Con respeto al prójimo. Con empatía. Donde se sume y no se reste. Habrá quien piense que, vistos los últimos acontecimientos, defender la alegría es una actitud ingenua ante la vida. Frívola incluso. O, peor, basada en la ausencia de sufrimiento. Falso. He conocido el llanto desesperado, el insomnio y el precipicio emocional. Camino con cicatrices que a ratos sangran a borbotones. Pero, también soy una rebelde. Y una inconformista. En un mundo gobernado por la negatividad y el desprecio, lo fácil es quejarse, protestar. Restar. Lo difícil es remar a contracorriente. Una y otra vez. Yo intento sumar con todas mis fuerzas, día a día. Aunque me cueste. Para ello, cuento con un puñado de alucinaciones y un sombrero que, aunque en el caso del inspector Gadget solía golpear a la persona equivocada, en mis fantasías siempre acierta. ¡Zas! Gracias a ello, conservo la cordura. Al menos de momento. Pero, por si las moscas, no me regales una escoba.

Ay si tuviera una, ¡cuántas cosas y personas barrería!

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Publicado en Historia real

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