De pequeña me divertían las tormentas nocturnas. Era habitual que en casa nos quedáramos sin luz, a veces durante horas, y entonces encendíamos velas. Las observaba embelesada, me encantaba ver cómo la cera se derretía, caía y dibujaba extrañas figuras. Fascinada por el líquido que se acumulaba bajo la llama, en más de una ocasión me quemé la yema del dedo índice. Pero no me importaba, me gustaba la suavidad de la cera fría sobre la piel. También jugaba a contar el tiempo que transcurría entre el relámpago y el trueno y descubrir así si la tormenta se acercaba o se alejaba. Ya de adulta comprendí que el sonido viaja a una velocidad más baja que la de la luz, por eso primero vemos el relámpago y después escuchamos el trueno. Dicen que si divides por 3 los segundos que pasan entre el relámpago y el trueno, averiguas a cuántos kilómetros de distancia está la tormenta.
El miércoles viví la tormenta eléctrica más violenta de mi vida. A las ocho de la tarde la oscuridad de la noche fue interrumpida por una sucesión de rayos que acuchillaban el cielo, acompañada de ensordecedores truenos que estremecieron al más valiente. A pesar de que las tormentas son uno de los fenómenos meteorológicos más frecuentes en nuestra atmósfera, cada día hay más de 40.000 en el mundo, la mayoría nunca habíamos visto nada igual. Más allá de la cantidad de agua que escupió el cielo, de la visión de calles que de pronto parecían ríos y escaleras convertidas en cascadas, fue el ruido incesante lo que me resultó aterrador.
Leo con asombro que el origen del trueno se halla en un choque de temperaturas: el rayo traspasa el aire y lo calienta, a veces hasta los 30.000ºC, pero como alrededor la temperatura es más baja, el aire se contrae de forma brusca y produce una onda sonora. Lo del miércoles fue una batalla celestial en toda regla. Asomada a la ventana con prudencia y temor, vi que algunas calles y edificios se habían quedado a oscuras. Recordé entonces, con cierta nostalgia, las noches de mi infancia alumbradas con velas, las conversaciones entre sombras, los juegos de sobremesa, la alegría cuando regresaba la luz. Y sonreí. Incluso en el miedo cabe la belleza.
Imagen: La Vanguardia
Comentarios