A lo largo de mi vida he asistido a unas cuantas presentaciones de libros. Me gusta escuchar al autor, acercarme a su mundo imaginario e interior, descubrir lo que oculta entre las líneas. Y disfruto sobremanera el momento de la firma del libro, ese instante en el que solo existimos el autor y yo. Siempre regreso a casa con una doble sonrisa, una se ve y la otra no. Pero lo de ayer fue algo superlativo.
A Alejandro Palomas lo he descubierto tarde. Sabía de su existencia, tiene a sus espaldas un montón de novelas exitosas, pero no he empezado a leer su obra hasta este verano. Lo he descubierto gracias a mi amiga Cristina, estaba convencida de que su sensibilidad me iba a encantar. Tenía razón. Con Alejandro me ha pasado algo inusual en mi vida de lectora: tras leer Una madre, he necesitado leerlo más y cuanto antes. Ya no es que la historia me gustara, que Amalia me conmoviera, que el fino humor que se cuela entre las páginas me arrancara más de una sonrisa. Es que leerlo me hacía sentir físicamente bien. Era como si la pluma de Alejandro me acariciara el corazón, como si me envolviera en un cálido abrazo. Cada día buscaba, anhelaba, el momento de retomar la lectura. Al terminarla, necesité más. Me sumergí en El tiempo que nos une, y después leí, ante la inminente presentación del libro en Barcelona, Casa, un canto a la naturaleza y a la sabiduría de nuestros mayores.
Acudí sola a la presentación, pues la amiga con la que iba a ir no pudo asistir, y acudía movida por la emoción: en aquella misma librería presenté, en nada hará tres años, mi novela Un tesoro en el olvido. Y la vida me colmó de regalos: sentada en la primera fila estaba otra amiga a la que hacía demasiado tiempo que no veía. Tras un largo y apretado abrazo, nos enfrascamos en una animada conversación que, de pronto, se vio interrumpida por la aparición inesperada de una de mis vecinas. Si a esta doble y sorprendente coincidencia le añadimos una presentación cargada de sentimiento, verdad y humor, y una firma de libros que me permitió intercambiar unas palabras con Alejandro, el resultado fue una tarde maravillosa que no olvidaré jamás.
Gracias, Alejandro. Eres casa.
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