No me acostumbro a oír la palabra «alunizar». Su uso tiene sentido, pues si «aterrizar» es descender y posarse sobre la Tierra, «alunizar» lo es sobre la Luna. Pero es que a mí lo de pisar nuestro satélite todavía me parece de ciencia ficción. No debería de ser así, crecí leyendo a Tintín y, en Objetivo: la Luna, me convertí en un miembro más de la misión secreta del profesor Tornasol.
Dado que la tecnología aeroespacial avanza a pasos agigantados, quizá dentro de unos años incorporemos a nuestro vocabulario los vocablos «amartizar», «asaturnizar», «avenusizar», etcétera. El universo es infinito, así que imagínate las nuevas aventuras que te esperan. Solo espero que, en las incursiones planetarias, no molestemos a nadie, bastante tenemos con las interminables guerras terrestres.
La misión Artemis II no me emociona lo más mínimo. No lo puedo evitar, las preciosas imágenes que nos llegan del universo no logran calmar la intranquilidad que siento al conocer el coste del programa Artemis: 93.000 millones de dólares. Una minucia. Y un despropósito: según el Programa Mundial de Alimentos, bastarían 17.000 mil millones de dólares para acabar con el hambre crónica.
No tengo claro el propósito de esta misión lunar. ¿Es encontrar un lugar para salvar a la humanidad de sí misma?, ¿quedarse con los metales raros que pueda haber en la Luna?, ¿buscar extraterrestres?, ¿un intento de distracción para que olvidemos temporalmente lo que pasa en la Tierra? Se han compartido escasas imágenes de la cara oculta de la Luna. ¿Por qué? Yo lo sé: Alf sonríe en todas.
Victor Glover, el piloto de la nave espacial Artemis II, dijo hace unos días sobre la Tierra: «En todo este vacío, en todo este montón de nada, esto que llamamos universo, tienes este oasis, este lugar hermoso en el que podemos vivir juntos. Estoy pensando en todas las culturas del mundo. Esta es una oportunidad para recordar dónde estamos, quiénes somos, que somos lo mismo y que tenemos que salir adelante juntos.»
No me cabe la menor duda: el piloto tiene las cosas bastante claras. Por favor, cuando aterrice la nave, que lo nombren presidente, que el viejales que habita el despacho oval ya se ha ganado unas vacaciones. Mientras esto sucede, los demás nos marcamos como objetivo salvar nuestra casa. Juntos. Sin importar la diversidad que impera en la Tierra. Y, por supuesto, con alegría.
Comentarios