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La vida tiene sentido del humor

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El 20 de marzo de 1917 el ingeniero sueco Gideon Sundback patentó la cremallera, uno de los inventos más utilizados de la Historia. Aunque la idea de una cremallera se le ocurrió a Elias Howe, el creador de la máquina de coser, fue Gideon quien perfeccionó la idea: aumentó la cantidad de dientes para que engancharan mejor entre sí y los unió a cintas de tela.

El invento resulta tan práctico, que lo usamos a diario. Con cremalleras cerramos prendas de vestir, calzado, bolsos, fundas de almohada, mochilas, monederos, estuches, tiendas de campaña, funiculares y, en sentido figurado, la boca. En sus 109 años de vida, la cremallera ha evolucionado poco. Ahora, además de los clásicos dientes de metal, también se utilizan unos de plástico.

Hablo de la cremallera porque gracias a ella he tenido una revelación. Hace unos días me hallaba presa en la larga cola del cajero del supermercado. Delante de mí, dos compradoras comentaban, extasiadas, la guapura del cajero, un joven de barba recortada, uniforme ajustado que evidenciaba un cuerpo trabajado en el gimnasio y mirada chulesca. Guapo, pero con la bragueta abierta.

Días después, en el andén del metro, un montón de gente esperábamos al tren. Cuando hizo acto de aparición, algunas personas nos apartamos para dejar salir antes de entrar, pero una mujer, ataviada con un peinado de peluquería, zapatos de altos tacones y un traje de chaqueta y pantalón sin arrugas, incumplió esta regla básica de civismo y se abrió paso a empujones.

Se agenció el único asiento libre del vagón, pintado de color gris para señalar que estaba destinado a otra gente: mayor, embarazada, lesionada o con la imperiosa necesidad de viajar sentada. Con una sonrisa que delataba que se sentía orgullosa de su hazaña, la mujer retenía sobre el pecho un bolso de marca cuyo precio se asemejaba, si no superaba, el de un mes de alquiler. Pero ay, la bragueta.

Al ver la cremallera descorrida no pude evitar reírme. Me acordé entonces del cajero, tan orgulloso de su buena presencia, tan seguro de su poder seductor. Y entonces llegó la revelación: la vida tiene sentido del humor. Ante un comportamiento soberbio, una inevitable caída en el ridículo. Le sucede al mismísimo hombre más poderoso del mundo, cada vez más naranja.

Don zanahoria está empeñado en cerrarle la boca con una cremallera a quienes se atreven a denunciar la barbarie de sus actos. Los castiga. A la activista italiana Francesca Albanese, relatora especial de las Naciones Unidas para los Territorios Palestinos Ocupados, le ha cerrado las cuentas bancarias, le ha limitado los viajes y le ha negado un seguro médico, además de amenazar a sus colaboradores.

Pero Francesca y sus colaboradores ni se rinden ni están solos. De hecho, a Israel se le juzga en dos tribunales internacionales por crímenes de guerra. Lo mismo sucede con quienes se empeñan en llevar ayuda humanitaria a Gaza, pues tras la primera flotilla ha habido (y habrá) otras. Qué le vamos a hacer, el ser humano es algo testarudo, sobre todo cuando se trata de ayudar a los demás.

No calibrar las consecuencias de los propios actos tiene consecuencias, en especial si se olvida que las cremalleras son de ida y vuelta: cierran, pero de repente se abren. A veces en el momento más inesperado e inoportuno y, casi siempre, bajo la mirada burlona y paciente espera de quienes luchamos por un mundo mejor. Cremalleras del mundo, ¡abríos!

Publicado en Compromiso Guerras Historia real

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