El lunes, en la calle Astúries de Barcelona, un hombre vestido de negro y despeinado irrumpió en la acera por la que yo caminaba. A punto estuvimos de chocar, pero frené a tiempo y evité el desastre. Él ni siquiera se percató de mi presencia, pues pasó de largo sin inmutarse; caminaba presuroso y encadenaba bostezos sonoros. Lo seguí sin proponérmelo, íbamos en la misma dirección.
En el cruce con la calle de Badia, el hombre se detuvo en mitad de la calzada, levantó un brazo hacia el cielo y lo agitó, como si pintara el azul con un rodillo. Después soltó un gruñido, bajó el brazo y regresó a la acera. A la altura de la calle Torrent de l’Olla, agitó la mano en el aire, resopló y pronunció algo incomprensible con pinta de desahogo verbal.
Entonces me di cuenta de que la mano alzada sujetaba un mando a distancia de coche. El pobre hombre no tenía ni idea de dónde lo había dejado aparcado, vagaba por el barrio de Gràcia en su búsqueda. Tras una palabrota que no reproduciré aquí, desapareció calle abajo. No pude evitar compadecerme de él, pues sé lo mal que se pasa cuando se pierde de vista el coche.
Temes que la grúa se lo haya llevado o, peor, que te lo hayan robado. He recuperado mi coche del depósito municipal tres veces, un auténtico atraco a la economía personal. También lo perdí en el garaje de un centro comercial, pues no recordaba ni la planta ni el número de plaza en la que lo había aparcado. Tardé una hora en encontrarlo. Lo pasé mal.
Al compartir la anécdota con una amiga, no sin cierta vergüenza, me confesó que también ella había sido víctima del olvido y que, desde entonces, siempre fotografiaba el número de plaza en el que aparcaba, cosa que yo empecé a hacer a partir de aquella conversación. Ahora estamos de enhorabuena: la tecnología, que avanza a pasos agigantados, nos ha traído los localizadores geográficos de objetos, los grandes aliados de las personas despistadas.
Los localizadores de objetos son una salvación cuando solo cabe gritar de rabia e impotencia. ¿Quién no ha olvidado alguna vez dónde dejó las gafas, las llaves de casa, el monedero, el bolso, el teléfono móvil? Encima, quienes convivimos con niños y/o seres de cuatro patas conocemos la angustia de perderlos de vista en el parque o la montaña. También, la alegría del reencuentro.
La tecnología Bluetooth o GPS ha venido para salvarnos de nosotros mismos. Mediante el uso de una aplicación que se instala en el teléfono móvil, el objeto perdido emite un sonido que permite localizarlo. También se muestra la última ubicación registrada, lo que al conductor trasnochado le habría resultado muy útil. La aplicación también se utiliza para atrapar a ladrones. Gracias, inventores.
En un mundo en el que la capacidad de concentración está en declive, este tipo de avances tecnológicos pueden hacernos la vida más fácil. Aunque quizá sería mejor recuperar la atención hacia el momento presente, dejar de correr para al final no estar del todo en ninguna parte. La vida sucede a cada instante, lo mejor es no perderla de vista.
jejejejeje, identificada total…lo mejor tu consejo, justo cada día intento tener más presente el presente, valga la redundancia, desactivemos el piloto automático !!!
Gracias Virginia, un abrazo!
Joana