Este año la celebración de Sant Jordi ha venido marcada por la polémica. Días antes Eduardo Mendoza cuestionaba el nombre de la festividad y su vínculo con la literatura, pues el santo «no tiene nada que ver con los libros ni con los escritores». Señaló que «Sant Jordi era un maltratador de animales y seguramente no sabía leer. No tiene nada que ver con los libros». Tras estas declaraciones, al escritor le han llovido críticas y amenazas de boicot a sus libros.
Qué mal encajamos la crítica, la opinión divergente. Las declaraciones de Mendoza se han interpretado como un ataque a la identidad nacional catalana y se ha liado una tremenda. Confieso que Sant Jordi nunca me ha caído bien, pues mató al dragón. Podría haberse esforzado un poco, ganárselo como amigo, incluso habría podido recorrer el mundo entero con él. Pero no, tuvo que matarlo. Para colmo, privó a la princesa de una vida sin igual a lomos de un dragón. Sant Jordi era tonto.
El patrón de los escritores es San Francisco de Sales. Usó la palabra escrita para evangelizar con amabilidad y sabiduría y, en 1923, fue nombrado santo por el Papa Pío XI. La festividad se celebra el 24 de enero, pero el Día Mundial del Libro se fijó en el 23 de abril, pues varios autores universales nacieron o murieron ese día, como Miguel de Cervantes, William Shakespeare o Vladimir Nabokov. Yo me alegro, la primavera es una estación mágica, de la sangre nacen rosas.
Santos y bromas aparte, para mí el día de Sant Jordi es el mejor día del año. Las calles se llenan de libros, rosas, dragones, gente ávida de descubrir nuevos mundos, nuevas dedicatorias. Desde que la UNESCO acuñara el 23 de abril como fecha de celebración oficial, numerosos países se han sumado a ella. La oferta de actividades es amplia, variada y cada vez dura más tiempo. Durante unos días, los libros se convierten en los protagonistas de la vida social y cultural.
Hay quien cree que cada vez se lee menos, que las nuevas generaciones han cambiado el placer de la lectura por la adicción a las pantallas de los teléfonos móviles. Sin embargo, imágenes como las de ayer, las calles abarrotadas de gente y las paradas vendiendo un libro tras otro, demuestran que son muchas las personas que aman la lectura.
En una sociedad caracterizada por la prisa, la inmediatez y la falta de concentración, algunos de los libros comprados ayer jamás serán leídos. Otros serán abandonados a medias, pero también los habrá que atraparán sin remedio, hasta el punto de no querer terminarlos nunca. El libro se habrá convertido en caricia, risa, abrazo, consuelo; en un aliado para los momentos difíciles, aburridos, tristes, relajados.
Él éxito de la celebración del Día del Libro radica en que es una búsqueda del tesoro. Si la suerte nos acompaña, regresaremos a casa con un libro que nos hará emprender un viaje del que no saldremos inmunes. Ojalá hayáis encontrado una de esas joyas. Ojalá que la lectura no decaiga nunca, pues qué triste sería una vida sin poder soñar otros mundos.
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