En la carrera de Derecho, una amiga me invitó a comer a su casa. Bueno, de su madre, una viuda con dos hijas y un hijo. De ella sabía que tenía un carácter fuerte y que profesaba una profunda vocación religiosa. Sin embargo, no podía imaginar lo que sucedería en la comida: en el momento en el que me disponía a clavar el tenedor en un macarrón jugoso, la madre apoyó los codos en la mesa, juntó las palmas, cerró los ojos y rezó en voz alta.
Le agradeció a Dios la comida que íbamos a ingerir, pero yo me asusté tanto por la solemnidad del momento, que el tenedor se me escapó de la mano y chocó contra el plato provocando un estruendo espantoso. La madre me destinó una mirada de desaprobación tremenda, y después retomó el rezo, que se me antojó eterno. Recuerdo que miré a mi amiga como si de repente no la reconociera, como si yo hubiera aterrizado en otro planeta.
Ahora, muchos años después, me acuerdo de la viuda. Consciente de todas las cosas bonitas que la vida me ha ofrecido y me ofrece, a menudo me descubro agradecida. Y lo verbalizo, doy las gracias cada noche. Salvo cuando el sueño nocturno me atrapa a traición, no acabo un día sin antes dar unas gracias sentidas, sinceras, opuestas a las «gracias de cortesía, de conveniencia, automáticas, mecánicas. Casi huecas» que menciona Delphine de Vigan en Las gratitudes.
Agradezco abrir el grifo y que salga agua potable, tener agua caliente en invierno, tener a mi alcance comida de todo tipo, estar comunicada con mis seres queridos a través del teléfono, contar con un transporte público que me ahorra el tener que caminar cada semana decenas de kilómetros, contar con una sanidad pública que me atiende cuando enfermo, haber podido estudiar, haber podido estudiar lo que yo quería, haber podido reinventarme. A diario agradezco la suerte que tengo.
La conciencia de mi suerte no me ha venido de repente cual iluminación divina; bebe de las imágenes de guerras, destrucción, campos de refugiados, personas sin techo, pateras, enfermedades incurables, asesinatos, maltratos, cuerpos a un segundo de abandonar este mundo. También, de las cuchilladas al ideal de un mundo justo, empático, solidario y alegre; de los latidos robados al corazón, de las heridas que no cierran, de las que se reabren de repente.
De la conciencia de mi suerte nace mi necesidad de actuar, convencida de que, en un mundo patas arriba, no hay lugar para la resignación. Ante las maldades de unos, las bondades de otros. En una entrevista reciente, el presentador y periodista Marc Giró le comentaba a Jordi Évole que él desea que la gente tenga una vida igual o mejor que la suya; sin grandes lujos, pero sin grandes miserias, y sin importar dónde vivan o de dónde vengan. Coincido.
En tiempos revueltos, es importante actuar sin dejarse engañar por mentirosos sin escrúpulos que venden paraísos falsos. Ahora es el turno de la NASA, pues ha anunciado que quiere volver a la Luna y quedarse. Su plan no solo prevé aterrizajes tripulados, sino que planea instalar allí, a 400.000 kilómetros de la Tierra, una colonia humana, la semilla de la salvación de nuestra especie. Y yo me pregunto: ¿no sería mejor cuidar de la Tierra que, al fin y al cabo, es nuestro hogar?
El martes, la periodista Pepa Bueno cerró el Telediario 2 con la siguiente reflexión sobre el plan de la NASA: «La idea resulta tentadora, abrir una segunda dirección para nuestra especie, una oportunidad para empezar de nuevo. Pero la experiencia nos dice algo distinto: podemos cambiar de escenario, lo que somos suele viajar con nosotros, especialmente si quienes nos quieren llevar allí montan desastres aquí». Amén.
Bien, como la vida me ha convertido en una persona agradecida, se me ha ocurrido el modo de mostrarle mi gratitud por su trabajo a esta panda de gobernantes ególatras y asesinos a los que tan poco les importa la vida: regalarles un billete a la Luna, pero solo de ida. Habrá que ahorrar, el coste de un vuelo al espacio oscila entre el medio millón y el millón de dólares, pero creo que el esfuerzo bien merece la pena. Si por el camino el cohete explota, qué se le va a hacer, daños colaterales.
Totalmente de acuerdo
Amén a cada una de tus palabras.
Me pongo a ahorrar para colaborar con el billete de ida, sin retorno.,..muy fan de los daños colaterales que sugieres que podrían pasar en ese trayecto.