De mi estancia en Montevideo conservo muchos recuerdos bonitos. También divertidos, como el de un brazo que sobresalía del maletero de un coche. Una manga de americana, un puño de camisa, un gemelo y, en el extremo, una mano. Con el movimiento del coche, la mano se agitaba arriba y abajo como si pidiera ayuda. Era una mano falsa, colocada ahí para llamar la atención de los demás, una ocurrencia que me hizo reír.
Hay quien utiliza la luneta para pedir prudencia al conducir. Coloca un letrero para que lo leas cuando te acerques a su coche, un letrero que te informa de algo importante para el conductor o la conductora que te precede en la fila. El más común es el de «bebé a bordo», aunque también los hay de «perro a bordo», como en mi caso. Antaño también era bastante popular el de «no me toques el pito, que me irrito». También hay pegatinas con unos ojos que te miran asustados.
Aplaudo la defensa de la alegría desde el coche, aunque la broma puede salir cara. El artículo 19 del Reglamento General de Circulación deja muy claro que no hay que entorpecer la visibilidad del conductor sobre toda la vía por la que circule y que no puede haber interferencias de adhesivos u objetos. Quienes cada Navidad se suman a la moda estadounidense de adornar el coche, los cuernos de reno son cada vez más populares, se enfrentan a multas severas.
En efecto, si la policía considera que los adornos afectan a la circulación segura del vehículo o ponen en peligro la vida de los demás usuarios durante la conducción, puede sancionarte con hasta 500 euros. Si, por el contrario, se trata de decoraciones interiores susceptibles de afectar a la visibilidad completa del conductor, como guirnaldas en el parabrisas, luces, belenes en la bandeja trasera del vehículo o muñecos en el salpicadero, la multa puede ser de 200 euros.
Entiendo la necesidad de defender la seguridad en la vía pública, de evitar cualquier distracción que pueda desencadenar un desenlace fatal. Y la aplaudo. Pero también entiendo la necesidad de personalizar el vehículo, de hacerle un guiño a los demás conductores para que practiquen una conducción suave que cuide de ti y de los tuyos. Y, desde luego, aplaudo a la gente con sentido del humor que busca la sonrisa ajena.
Al volante, también disfruto de quien reduce la marcha o te hace luces para cederte el paso, de quien levanta la mano derecha o activa los intermitentes para agradecerte que se lo hayas cedido tú. Existe un lenguaje sobre ruedas que es amable, solidario, silencioso. Sin bocinazos ni insultos ni acelerones bruscos para cerrarte el paso ni adelantamientos rápidos sin intermitente más propios de un videojuego que de la vida real.
Cada día, en la carretera, se cruzan montones de vidas. Conducir es asumir una gran responsabilidad, pues cada conductor y conductora tiene el poder de hacerle la vida más fácil o más difícil a los demás. A veces basta con colocar en el salpicadero unos diminutos patos amarillos para acariciar el corazón, para aportar un rayo de luz en la oscuridad, para animar a seguir de pie. A quienes defendéis la alegría desde el coche, gracias.
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