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Un cambio de armario precipitado

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«Qué calor», se escucha en la calle una y otra vez. Sin previo aviso y fuera de temporada, las altas temperaturas han irrumpido con fuerza en nuestra cotidianeidad. El verano astronómico empieza con el solsticio, que tiene lugar alrededor del 21 de junio y, el meteorológico, el próximo lunes. Pero al calor nada le importa el calendario y, en ciudades como Londres, ha batido récords.

Rindámonos a la evidencia: se impone el tedioso cambio de armario, y a toda prisa. Toca guardar los jerséis de lana, los pantalones gruesos, la pana, los abrigos, los chaquetones, las bufandas, los guantes, las botas. Recuerda introducir lavanda en las cajas o bolsas (por favor, evita la apestosa naftalina), que las polillas tienen la manía de catar nuestras prendas más queridas. Son mala gente.

Toca recuperar la manga corta y el algodón: blusas, camisas, camisetas, vestidos, faldas, pantalones cortos. Vuelven las bambas, las sandalias, las chanclas, la rebeca, el abanico, el bañador. Es el momento del reencuentro con prendas que te gustan, lástima que algunas se hayan encogido por la falta de uso. A veces pasa, algunas prendas te castigan por haberlas ignorado durante meses. Son unas rencorosas.

También pasa que, al abrir las cajas o las bolsas, no aparece una prenda concreta. Entonces te acuerdas de que, en otoño, al hacer el cambio de armario, decidiste descartarla; ya tenía unos años, de tanto ponértela la habías aburrido. Sin embargo, ahora te arrepientes, pues te mueres por ponértela, de repente te parece que no puedes vivir sin ella. Es la venganza de la prenda descartada.

Cambiamos la ropa del armario dos veces al año, una de las actividades más aburridas y desesperantes que conozco. La mayoría de la gente soñamos con un vestidor en el que tener nuestra ropa siempre disponible, como en las casas de los programas de reformas estadounidenses, pero la realidad es que cada vez vivimos en pisos más pequeños, hay quien incluso precisa de un trastero.

Ante el baile de ropa arriba y abajo, quizá haya una solución: mudarse a un país sin cambios de estación. Cuanto más cerca se está del ecuador, más constante suele ser el clima. En los trópicos, la temperatura cambia poco entre verano e invierno, lo que significa dos cosas: una, se necesita menos ropa; dos, no hay cambio de armario. Un paraíso.

Aunque no me imagino la vida sin cuatro estaciones. Es cierto que el cambio climático las ha alterado, que la primavera cada vez es más breve. Aun así, qué alegría da caminar y verse de nuevo los dedos de los pies, abanicarse, encontrar una sombra, beberse un refresco con hielo, comerse un helado con prisa para que no se derrita, recuperar las ensaladas. Disfruta de tu verano.

Publicado en Historia real Naturaleza

Un comentario

  1. Silvia Silvia

    Yo hace unas semanas que también hice el aburridisimo cambio de armario, aunque «por si acaso» dejé alguna camisa de manga larga, no vaya a ser que se cumpla el refrán de: hasta el 40 de mayo no te quites el sayo» (me temo que con el cambio climático vamos a tener que inventar nuevos refranes).

    Un beso y como siempre dibujas una sonrisa en tus lectores

    Silvia

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