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Dolores compartidos

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Descubrí Cómo se le dice adiós a una madre, de Uxue Razquin, gracias a Irene Vallejo. Me encanta su escritura, lo que cuenta y el modo en cómo lo cuenta, así que me tomo muy en serio sus recomendaciones literarias. La lectura de este pequeño y emotivo libro no fue fácil, es una carta de despedida. Como la autora, yo también perdí a mi madre por culpa de un maldito cáncer.

Yo no fui capaz de despedirme de mi madre. Pasó dos semanas ingresada en la Unidad de Cuidados Intensivos, en coma inducido, conectada a distintos tubos, junto a un monitor que pitaba, con las horas de visita pautadas, a la espera de que un tratamiento experimental obrara un milagro. Yo sabía que las probabilidades de éxito eran ínfimas, pero aun así no fui capaz de decirle adiós.

Qué difícil resulta hablarle a una persona sedada. ¿Puede oírte? Personas que han vivido experiencias cercanas a la muerte aseguran que sí, que hasta han sido capaces de ver todo lo que sucedía en la habitación mientras estaban dormidas. Sin embargo, yo solo conseguí decirle que le agradecía muchas cosas y que me había prometido con una persona maravillosa. No fui capaz de más, y me pesa.

Casi al final de Las gratitudes, de Delphine de Vigan, Jérôme protesta: «alguien debería avisarnos cuando la gente está a punto de morir. (…) Uno piensa que tendrá tiempo de decir las cosas, y cuando se quiere dar cuenta ya es demasiado tarde. Uno piensa que basta con dar muestras de cariño, con hacer gestos, pero no es verdad, hay que decir lo que se siente.» Tiene razón.

Mi madre y yo no tuvimos una relación fácil, qué relación madre e hija lo es, pero sé que me quería, que lo hizo lo mejor que pudo y supo. Para mí es suficiente. Además, a medida que pasa el tiempo comprendo lo difícil que resulta ser madre, renunciar a una misma para centrarse en un ser dependiente y ladrón de toda energía. La serie Yo siempre a veces lo retrata a la perfección.

El libro tiene frases que podría haber escrito yo: «ver madres por la calle, que realmente se parecen a la mía: que tienen el mismo pelo, la misma estatura, que son ella, que son ella hasta el punto de gritar «ama», y que se giren y que te miren desconcertadas». «Si la olvido, aunque sea por unos segundos, estoy fallándole. Si me río, en fin, es peor si me río.» Piel de gallina.

Después leí La Retornada, de Donatella di Pietrantonio, la historia de una niña adoptiva que, a los trece años, es devuelta a su madre biológica. Un libro que conmueve, sacude el alma. Me encantó. Luego empecé el thriller Las que no duermen NASH, de Dolores Redondo, pero no esperaba encontrarme con el final de otra relación madre e hija. ¿Por qué, de repente, todo hablaba de lo mismo?

Leer me confirma una y otra vez que hay dolores universales, compartidos. Quizá las personas no seamos tan distintas como creemos, como quieren hacernos creer que somos. Quizá todo sea más fácil de lo que parece y, para construir un mundo en el que quepa la alegría, baste con mirarnos a los ojos, reconocer en el otro nuestras mismas heridas y miedos. Creerlo me resulta esperanzador.

Publicado en Escritura Libros

3 comentarios

  1. Marta Marta

    Qué bonito Virgi!! Muchas gracias por tanta honestidad!!

  2. Lu Lu

    Un text preciós i inspirador Virg.
    I sí, quin buit tan gran que queda quan no t’has pogut acomiadar de la mare.
    Malgrat tot, el temps i el record l’acaben omplint una mica.

  3. Gloria Gloria

    Me ha conmovido tu texto, Virginia. Muchas gracias por compartir tu dolor, que también es el mío. Un abrazo grande.

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