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Échate un cable

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A veces veo a gente que habla sola. Gente que gesticula, guarda silencio, retoma la palabra para no soltarla. Les miro de reojo y pienso que han perdido la cabeza, al mismo tiempo que me digo que no es de extrañar, visto cómo está el patio. Sin embargo, enseguida me doy cuenta de que estoy equivocada: esa gente no habla sola, lleva auriculares inalámbricos. Dicen que son muy cómodos y prácticos, aunque a veces saltan de la oreja y caen al suelo. Algunos presentadores de televisión los llevan con disimulo, para así poder escuchar las indicaciones de alguien a quien no vemos. Marc Giró, maravilloso presentador del Late Xou, tiene la costumbre de llevarse la mano a la oreja y tocarlo, no sé si porque le incomoda o porque le gustaría quitárselo para ser todavía más incisivo en sus monólogos (reivindicativos, necesarios, recomendables).

Hasta no hace tanto los auriculares solo funcionaban por cable, al igual que los teléfonos, los teclados, los ratones y la conexión a Internet. Pero todo cambia, y, nosotros, esclavos de la comodidad y de las imposiciones de una sociedad de consumo, los usamos sin cuestionarnos su funcionamiento. Y deberíamos. Vivimos rodeados de toda clase de ondas y radiaciones; algunas son naturales (campos magnéticos, corrientes de agua), otras son obra del ser humano. Muchas interfieren con nuestro organismo y lo dañan. En el caso de los auriculares inalámbricos, se dice que desregulan las células cerebrales y causan, entre otros horrores, infertilidad, tumores, ansiedad y cansancio. Son peligrosos.

Hasta no hace tanto no le prestaba demasiada atención a mi salud física. Reaccionaba cuando me surgía un problema, y nada más. Debido a mi trabajo sedentario frente a un ordenador, sufría una contractura de espalda tras otra, y la resolvía a base de ibuprofeno y masajes descontracturantes. A los cuarenta tuve una lumbalgia aguda, y me prometí que me tomaría en serio mi salud física. Sin embargo, me convertí en una gimnasta altruista: pagaba religiosamente mi cuota del gimnasio, pero no acudía nunca. Con el tiempo, avergonzada de regalar mi dinero, me di de baja. Repetí lo mismo varias veces. Carecía de la fuerza de voluntad suficiente y se me ocurrían planes alternativos, siempre más importantes e interesantes que cuidar de mí.

Necesité dos tendinitis seguidas del manguito de los rotadores para darme cuenta de que había llegado el momento de tomarme en serio. Acudí a una fisioterapeuta que me habló claro: mi salud física es responsabilidad mía. Por supuesto, me dijo, podía tomarme alguna medicina que me ayudara a llevar adelante el día, pero debía asumir el reto de cuidarme; de quererme. Qué difícil resulta cuando nunca te has tomado muy en serio, cuando siempre has estado más pendiente del mundo exterior que de ti misma. Hasta que la vida se te clava en el cuerpo, hasta que solo chillas de dolor.

Desde el pasado mes de junio acudo al gimnasio dos veces por semana. Yo, que siempre había renegado de las máquinas, ahora combino la bicicleta estática con la elíptica, los ejercicios cardiovasculares con la musculación, las mancuernas con los estiramientos. He descubierto que debajo de la piel hay cosas cuyo desarrollo me ayuda a ahuyentar el dolor, he aprendido palabras nuevas, he conocido a gente que no duda en orientarme, que corrige mi postura corporal, que me anima a acabar mi tanda de ejercicios cuando siento que ya no puedo más. Me lo paso bien, disfruto la música que sale del techo, y me entretengo con las televisiones que cuelgan de las paredes: una con noticias, otra con deporte y, la tercera, mi preferida, con un episodio tras otro del programa canadiense Just for Laughs Gags. Increíble.

En el gimnasio veo a mucha gente con auriculares inalámbricos, y me choca. Es contradictorio, cuidan una parte de su cuerpo y dañan otra. Es fundamental informarse bien, escuchar a gente como Pere León, experto en geopatías y salud ambiental. A las ondas y las radiaciones las llama «venenos invisibles», y recomienda olvidar los dispositivos inalámbricos, regresar al uso del cable. Si el tema te interesa, lee su libro La buena onda. Lo invisible importa.

Ir al gimnasio me sienta bien: la espalda me duele menos y los hombros se portan cada vez mejor. Ahora me arrepiento de no haber ido antes, de no haberme tomado en serio las contracturas que tantos desvelos me causaban. He tardado casi medio siglo en ocuparme de mí, y me he dado cuenta de que defender la propia alegría pasa por tomar conciencia del cuerpo. Cuídalo, échate un cable.

Publicado en Historia real Naturaleza

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