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Lo que esconde un puzle

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En alguna parte leí que hacer puzles relaja. Ingenua de mí, tomé la afirmación por cierta y, necesitada de evadirme de la realidad, caí en la trampa. El flechazo ocurrió en la centenaria juguetería Miret, donde una imagen me cautivó hasta el punto de no poder apartar la mirada. Había flores por todas partes: en la máquina de coser, el papel de la pared, los cuadros, el dedal, la tela, el jardín. La imagen me dio paz, me transportó a una época pausada de largas conversaciones.

Me dejé tentar. Regresé a casa con el puzle de mil piezas bajo el brazo, cargada de ilusión. A los pocos días, ya estaba provista de una tabla de su tamaño, setenta centímetros por cincuenta. La lógica me aconsejó empezar por los bordes, pues así después solo tendría que completar el interior. Enseguida descubrí que carecía de las altas dosis de paciencia necesarias, pues me invadió una desesperanza total. Sin embargo, acepté el reto, la imagen me seducía sin remedio.

Después completé la tela cuadriculada multicolor. Poco a poco fui capaz de percibir que había distintas tonalidades de verdes, que los relieves de madera de los marcos de los cuadros diferían de los de la mesa, que las bobinas de hilo eran de distintos colores y tamaños. Aprendí a fijarme en los detalles. Aprendí a mirar. Con paciencia obligada, quería esa imagen colgando de una pared, necesitaba la sensación de paz que me transmitía, conseguí completar el puzle.

Por el camino aprendí unas cuantas cosas. La primera, que a veces la solución está delante de nuestras narices, pero no la vemos. Me volví loca buscando una pieza y, de repente, la veía delante de mí, oculta a plena vista. En más de una ocasión grité de alegría. Aprendí entonces que hay que celebrar cada victoria, por pequeña que parezca, no condicionar la alegría a un triunfo total. Completar el dedal, tan diminuto, me llenó de satisfacción. Casi podía notarlo en mi dedo índice.

Aprendí también que, en un mundo cada vez más guiado por la inmediatez, a menudo olvidamos la importancia de la perseverancia para alcanzar las metas que nos marcamos. Pieza a pieza, fui capaz de completar una imagen preciosa. La tela, el dedal, la máquina de coser, la ventana. La sala de costura cobraba vida ante mis ojos y yo sentía que en cualquier momento me pondría a coser. Lo cual tiene guasa, pues no sé coser, me he grapado los bajos del pantalón tejano más de una vez.

También descubrí que hay que permitirse el desahogo. Resoplar, gruñir, gritar, decir palabrotas. Es sano, libera parte del estrés acumulado. Eso sí, siempre sin ofender a nadie. Por suerte, las piezas del puzle son de cartón y no se enteran. Creo, porque tras unas cuantas horas de dedicación y desespero, conseguí completar la imagen, que ahora luce en una pared con una preciosa enmarcación a medida obra de Turó Marc.

Observo el cuadro y sonrío. Lo he hecho yo, he vencido la impaciencia, la desesperanza, las ganas de tirar las piezas por la ventana, de estrangular a quienquiera que dijera que es un juego que relaja. Ahora sé que es verdad, centrar la atención en algo concreto relaja la mente, la aleja de las preocupaciones que la aprisionan. Y, al ver crecer ante tus ojos una imagen bonita, la sonrisa está asegurada. En un mundo caótico, un puzle es un buen refugio. ¿Te animas?

Publicado en Historia real

2 comentarios

  1. Silvia Silvia

    Me gusta leerte mientras me tomo el café. Siempre me acabas arrancando una sonrisa, porque te veo haciendo la actividad que explicas. Te veo dando saltos de alegría al encontrar la pieza, saborear visualmente (creo que eso es posible) los diferentes tonos de las piezas… Pero lo que no te veo, es enfadada y puteando, ni dando un golpe en el tablero. Y aunque seguro que tienes arranques de ira, enfado, y malos días, has aprendido a tener la capacidad de que el «lado oscuro» no acabe venciendo. Felicidades y sigue transitando por el lado soleado del camino.

    • Virginia Virginia

      Silvia, muchas gracias por tu comentario. Tienes razón, intento no ser engullida por la oscuridad, siempre he sido más diurna. No es fácil, hay motivos de sobras para abandonar, pero lo intento.
      Un abrazo

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