La novela Las nueve revelaciones, de James Redfield, narra la búsqueda de un manuscrito antiguo de Perú que contiene nueve ideas espirituales revolucionarias. Como en toda novela de aventuras, el protagonista se encuentra con múltiples obstáculos, urdidos en su mayoría por una Iglesia Católica temerosa de que las revelaciones perjudiquen su existencia.
Publicado en 1993, el libro triunfó. Su adaptación cinematográfica, The Celestine Prophecy, no tuvo la misma suerte. Cuando se traspasa a la pantalla una obra literaria se corre el riesgo de que sus mayores admiradores no estén conformes con el resultado. Me pasó con Hamnet; a pesar de la magnífica interpretación de Jessie Buckley, la película no está a la altura del brillante libro de Maggie O’Farrell.
Aunque hace tiempo que leí el libro de James Redfield, recuerdo que hablaba de la diferente tipología de personas que existen, del modo en que algunas consiguen sus objetivos a base de alimentarse de la energía de los demás. Agreden, manipulan, anulan, se hacen fuertes, casi invencibles. Y lo hacen sin que apenas nos demos cuenta, a menudo comprendemos su estrategia demasiado tarde.
La RAE dice que «revelar» es «descubrir o manifestar lo ignorado o secreto». Por eso, en los Premios Goya, existen dos categorías destinadas a la revelación de actrices y actores. Este año el Goya a Mejor Actriz Revelación lo ha ganado Miriam Garlo, por su papel en Sorda. Nadie olvidará las palabras que pronunció al recoger el premio: «Ningún ser humano es invisible, ninguna persona sorda es muda».
Pienso en todo esto y me doy cuenta de que la vida es una sucesión de revelaciones. Cuando creemos que ya nada nos puede sorprender, la vida da un giro y nos muestra algo, o alguien, hasta entonces ignorado o secreto. Y pienso también que entre «revelar» y «rebelar» solo hay una letra de diferencia. Aunque el significado es distinto, rebelar es oponer resistencia, decir «no», «basta».
El mundo va cada vez más a la deriva, poderosos gobernantes imponen sus reglas por la fuerza, reglas siempre guiadas por la codicia y no por el bienestar de la ciudadanía. ¿Estamos dispuestos a aceptarlo? ¿Calibramos las consecuencias de la renuncia? ¿Tan pronto hemos olvidado que las dictaduras empobrecen a los países y aniquilan la alegría de las personas?
Sabemos por qué hemos llegado hasta aquí: el rédito económico. La industria armamentística mueve miles de millones de dólares al año, al igual que la del petróleo y las tierras raras. Lo sabemos, pero no hacemos nada para cambiar la situación. Asistimos impávidos a la destrucción de unas reglas de juego que, aun siendo defectuosas, incluso a veces injustas, nos protegen de la tiranía.
El ser humano es tan capaz de hacer el bien como de perpetrar el mal, por eso es necesario regular su comportamiento. Ni podemos ni debemos permitir que cualquiera cambie las reglas de juego a su antojo. Y, sobre todo, no podemos olvidar que todo abusón necesita de los demás. Solo modificará su actuar si se le opone resistencia, así que ha llegado el momento de defender la vida que queremos. La vida, no la destrucción. Toca revelarse rebelde.
Comentarios