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El altruismo existe

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Dicen las personas mayores que ahora somos muy individualistas, que nos miramos demasiado el ombligo, que solo ayudamos a los demás si creemos que vamos a obtener algo a cambio. Afirman que ya no pensamos en plural, sino solo en singular, y que la palabra ha sido sustituida por la pantalla. El altruismo ha muerto, insisten. Algo de verdad debe de haber, cuando películas como El 47 o La sociedad de la nieve sorprenden, conquistan y arrasan en taquilla. Ambas son historias reales sobre personas que lucharon por el bienestar general, hasta el punto de sacrificar el suyo propio.

Es cierto que hay momentos en los que parece que ya no hay principios, que los ideales son cosa del pasado, que los seres humanos nos empeñamos en enfrentarnos y aniquilarnos, que la clase política se dedica a menospreciar y calumniar al adversario, en lugar de trabajar para resolver los problemas de la gente a la que, quizá lo haya olvidado, representa y se debe.

Sin embargo, la humanidad no está perdida. El ser humano alberga en su interior el instinto de ayudar al prójimo. Es un instinto primitivo que nace de las entrañas, que nos empuja a tenderle la mano a cualquiera que esté en apuros. Este verano he vivido un ejemplo de altruismo en Mallorca, y no lo olvidaré jamás. Ocurrió en el Torrent de Pareis, un torrente que atraviesa la sierra de la Tramuntana, y que desemboca en el mar. El paisaje es de una belleza espectacular, y tuve la suerte de disfrutarlo en un día soleado, caluroso y de aguas tranquilas.

Ante la enorme cantidad de gente que se amontonaba en la playa, mi pareja y yo decidimos adentrarnos torrente arriba. Avanzamos por el agua fría y transparente, y, tras un cuarto de hora de caminata, unos chicos que salieron de unos arbustos se nos acercaron. Nos preguntaron si teníamos unas tijeras, las necesitaban para liberar a una cabra que estaba atrapada en una zarza gigantesca. La cabra, que resultó ser un cabrón, no por su comportamiento sino por su naturaleza, tenía los cuernos tan enredados que no era capaz de liberarse solo.

No llevábamos nada encima que pudiera ser útil, pero no dudamos en ayudar para liberarlo. Cogimos una rama que había en el suelo, e intentamos apartar con ella las zarzas. El cabrón se asustó y se agitó, y tuvimos que apartarnos, no fuera a ser que nos clavara uno de los amenazantes cuernos. Lo volvimos a intentar varias veces, con idéntico resultado. El animal berreaba, y nuestra frustración iba en aumento.

Se me ocurrió llamar a emergencias para pedir ayuda, pero allí no había cobertura. Deshice el camino andado, y regresé al punto en el que el agua dulce se mezclaba con la salada. En cuanto vi una raya en la pantalla, marqué el 112. Tras una conversación entrecortada, me dijeron que avisarían a los guardas, pero que creían que no se acercarían a la zona, ya que el cabrón es un animal salvaje que no está protegido. Decepcionada, regresé con los demás.

La cosa no pintaba bien para el animal. Queríamos ayudarlo, pero no sabíamos cómo. Encima, estaba cada vez más nervioso, y acercarnos a él era peligroso. De resultar heridos, ¿quién nos socorrería? Estábamos a un cuarto de hora de una raya de cobertura. Los dos chicos decidieron regresar a la playa y preguntarle a la gente si tenían unas tijeras, un cuchillo, un cúter. Nosotras nos quedamos allí sin saber qué hacer, incapaces de abandonar el animal a su suerte.

De pronto, apareció un grupo de tres chicos y dos chicas vestidos con bañadores y sandalias. Les explicamos lo que sucedía, y no dudaron en intentar ayudar. Dos pasaron la rama por delante de la cascada de zarzas que mantenía prisionero al cabrón, y la empujaron hacia atrás con fuerza, mientras otro intentaba desenredarle los cuernos. El chico gritó, porque la zarza pinchaba y le hería las manos. Sin pensármelo dos veces, me saqué la camiseta y se la ofrecí para cubrirlas. Tras varios forcejeos, las malditas zarzas se rompieron, y el animal quedó libre. Todos gritamos de alegría, y nos apartamos por si el cabrón salía escopeteado. Nos dedicó un último berrido, cruzó el rio y se marchó tranquilo. Con las manos temblorosas por la emoción, conseguí sacarle la fotografía que acompaña este texto.

Un día cualquiera, en un torrente de Mallorca, varios desconocidos luchamos por liberar a un animal de unas zarzas que lo tenían prisionero por los cuernos. No sabíamos quiénes éramos ni de dónde veníamos; tampoco necesitábamos saberlo. Lo único importante, lo que nos unió durante un par de horas, fue el altruismo, ese instinto que todos albergamos en nuestro interior y que, llegado el momento, decidimos o no escuchar. Si lo escuchamos, suceden cosas maravillosas.

Un apunte final: de regreso, en el barco rumbo al Puerto de Sóller, vi que tenía varias llamadas perdidas del mismo número. Era el servicio de emergencias, querían comunicarme que los guardas sí habían acudido a la zona, pero que, por más que buscaron, no encontraron a ningún animal atrapado.

Sigue tu instinto. Defiende la alegría.

Publicado en Historia real Naturaleza

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