Ayer despedí a un buen amigo de mi familia. La muerte le llegó de forma rápida e inesperada, y todavía no está asumida. Tardará en estarlo. Los que le lloramos nos consolamos diciendo que tuvo el mejor final posible, que no sufrió, aunque en nuestro interior nos formulamos la eterna pregunta: ¿qué es mejor, morir de repente o víctima de una larga enfermedad? Como en tantas otras cuestiones, la respuesta depende del punto de vista. Si tenemos en cuenta a la persona que muere, lo mejor es que lo haga de forma rápida e indolora. La queremos, no deseamos que sufra. En cambio, si pensamos en quien se queda, en general se prefiere la enfermedad, como si con sus malvadas garras pudiera garantizar que la muerte dolerá menos, que lo llorado de antemano no se repetirá.
La muerte de un ser querido duele. Te encoge el estómago, te inunda los ojos, te quita el sueño y el hambre, te sube a una montaña rusa emocional de la que te cuesta bajar. La cosa no se cura con el paso del tiempo, simplemente te adaptas a la nueva situación y sobrevives. La pena es que, cuando pierdes a un ser querido, pierdes también un mundo que fue y ya no será. Por fortuna, al naufragio sobreviven los recuerdos, las fotografías, las palabras pronunciadas y escritas. Y, sobre todo, pervive la huella que esa persona ha dejado en tu corazón.
Las personas dejamos huella, nos marcamos unas a otras. Para bien y para mal, que no nos comportamos siempre como angelitos ¿verdad? A ver si a estas alturas nos vamos a creer que la santidad y la perfección existen. Pero tampoco hay que fustigarse, lo importante es intentar ser mejores personas, intentarlo con ganas, no rendirnos si tropezamos con la misma piedra una y otra vez, buscar el modo de apartarla con la punta del pie. Lo que cuenta es el balance final. Si sonríes al recordar a una persona, entonces es que lo ha hecho bien. Poco importan las metidas de pata, los feos, los desplantes. Si, pese a todo, ha conseguido que recuerdes los momentos compartidos con una sonrisa, entonces es que ha ganado la partida. En caso contrario, mejor no perder energía en recordarla.
Salvo que haya decidido quitarse la vida, nadie sabe cuándo le llegará la hora. En la brillante trilogía de Bruna Husky, la escritora y periodista Rosa Montero imagina cómo sería vivir con una cuenta atrás en marcha, y, en las películas, es habitual que un enfermo terminal le pregunte al médico cuánto tiempo de vida le queda, pero yo creo que es mejor no saberlo, me basta con saber que hay un final. Lo tengo presente desde hace mucho, perdí a gente muy querida siendo todavía una niña y, por eso mismo, estoy convencida de que hay que vivir como si cada día fuera el último.
Por vivir como si no hubiera un mañana no me refiero a vivir a lo loco ni a tachar rápido cosas de la lista de qué hacer antes de morir, sino a aceptar que hay un final. Como no sabemos cuándo será el nuestro ni el de los demás, lo mejor es disfrutar al máximo de cada encuentro. Quizá no volvamos a vernos nunca más. Llevamos unas agendas tan apretadas, que a veces resulta difícil encontrar la manera de verse, hablarse, tocarse. Y, cuando la fatalidad llama a nuestra puerta, nos llevamos las manos a la cabeza. ¿Cuándo fue la última vez que hablamos?, nos preguntamos. Cuidar las despedidas es importante. Sentirlas.
Los tanatorios son unos medidores magníficos de vida. Contrariamente a la creencia popular, lo importante no es el número de personas que acude a despedirse de alguien, sino la cantidad de lágrimas vertidas durante la despedida. Lágrimas de verdad, no de mentira como las de cocodrilo. La mejor garantía de que alguien será recordado con una sonrisa es la abundancia de ojos rojos, pañuelos arrugados y abrazos apretados. Ayer hubo mucho de eso y no me extraña nada. Dejar buena huella implica una despedida final inundada. Estoy convencida de que, tras el desamparo inicial, nuestro amigo será recordado con una sonrisa.
Buen viaje, Oriol.
Hermosa despedida que, a través de tus palabras, sentidas y reconfortantes habrá hecho más ligero el adiós de tu amigo Oriol. Cuánto lo sentimos, Virginia. Perder un amigo es perder un pedazo de uno mismo. Besos y abrazos
Muchas gracias, Omar. Coincido contigo, «perder a un amigo es perder un pedazo de uno mismo». Un abrazo.
Siento tu pérdida Virginia y hermosas palabras las tuyas para su despedida. Tod@s tenemos sillas vacías alrededor de nuestra mesa y el alma los añora.
Coincido con Omar también, “perder a un amigo es perder un pedazo de uno mismo”.
Un fuerte abrazo..❤️