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No un momento cualquiera

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Hay momentos que no parecen reales. Algunos son tan bonitos, que nos preguntamos si no estaremos soñando, si no habremos perdido la cabeza. Otros son tan terribles y dolorosos, que deseamos que alguien nos pellizque y nos diga que todo ha sido mentira, fruto de una terrible pesadilla mientras estábamos enredados entre las sábanas. Y, también, hay momentos extraños y desconcertantes, como el que viví el pasado cuatro de agosto. Todavía no salgo de mi asombro.

En el extremo norte de la playa de la Mar Menuda, en Tossa de Mar, hay una pequeña cala conocida como sa banyera de ses dones, la bañera de las mujeres. Protegida por las rocas, tiene poca profundidad y unas aguas tranquilas, con lo que resulta ideal para el baño de los mas pequeños y el reposo de los mayores. Pero, aquel día, de pronto, todo cambió y el mundo se puso del revés.

No es ningún secreto que en agosto las playas están masificadas. Aunque cada vez es más habitual repartir las vacaciones laborales durante todo el año, el calendario escolar condiciona el descanso en familia. Siendo esto así, y teniendo en cuenta que la mayoría de quienes sí trabajan en agosto libran el séptimo día de la semana, no es de extrañar que aquel domingo de agosto la Mar Menuda estuviera abarrotada de personas y, la cala de la bañera de las mujeres, llena de niñas y niños de no más de diez años de edad.

Sin embargo, en la cala no solo había bañistas. La Costa Brava es un paraíso para los amantes del snorkel y del submarinismo. Hay tal cantidad y variedad de peces, que es difícil no caer en la tentación de querer observarlos. En seguimiento a esta arraigada tradición entre los amantes de la naturaleza, la playa de la Mar Menuda es el punto de entrada al mar para los buzos de la zona, veteranos y aprendices. Van en grupo, vestidos con un riguroso neopreno negro, armados de bombonas de oxígeno y aletas. Nadan pegados al fondo del mar en busca de tesoros con escamas, mientras, en la superficie, otra gente flota en colchonetas y se tuesta bajo el sol. Cuando los buzos finalizan la inspección submarina, salen del mar por la bañera de las mujeres, sorteando con cuidado a niñas y niños que los miran con interés.

Si bien esta escena es de lo más habitual para quienes veranean en la Mar Menuda, aquel domingo sucedió algo distinto: de repente apareció un grupo de unas cien personas latinoamericanas de distintas edades, cargadas con sombrillas, sillas, mesas y neveras. Desembarcaron en la playa y, bajo la atenta mirada de los veraneantes, dejaron en la arena sus cosas, se descalzaron y se colocaron encima de la ropa una túnica blanca que les llegaba hasta los pies. Alguien empezó a tocar una guitarra y los demás cantaron lo que enseguida se reveló una canción religiosa. Pararon cuando habló un hombre mayor y corpulento, ataviado con una gorra de béisbol en la cabeza y con un grueso libro abierto en la mano. Al son de su voz grave, el resto del grupo cantaba, callaba, rezaba.

La policía llegó, alertada por los socorristas de la playa. Habló con el líder del grupo, le pidió que se identificara y le explicó que no se podía ocupar el espacio público de esa manera porque molestaban a la gente, gente que no nos perdíamos ningún detalle, que mirábamos la escena como quien mira la televisión, embobados y enmudecidos por la sorpresa. El líder habló a la multitud y la música cesó. Hubo desconcierto, desilusión, resignación.

En cuanto la policía se retiró, el líder habló y pronunció unos nombres. Frente a él se agruparon unos jóvenes con mirada emocionada que lo siguieron, acompañados de sus familias, hasta la bañera de las mujeres. Los que hasta ese momento disfrutaban de una plácida mañana de domingo en la playa, se vieron de pronto invadidos por una masa de gente vestida de blanco. Muchos se apartaron, cogiendo a sus pequeños de la mano.

El líder se adentró en el mar y se detuvo cuando el agua le llegaba por las rodillas. Con los brazos abiertos, recibió a uno de los jóvenes, al que colocó a su lado y abrazó por la espalda mientras le leía un fragmento del libro. Después, empujó la cabeza del joven hacia abajo y lo sumergió por completo en el agua, de la que resurgió con la ropa empapada y los ojos llenos de lágrimas. Había sido bautizado. Los acompañantes aplaudieron, se abrazaron, lloraban de alegría.

La policía regresó, pero no pudo hacer nada. Eran muchas las personas que se adentraban en el mar para recibir el sacramento del bautismo y que chocaban con los buzos que emergían del agua. Estos, desconcertados, se detenían en la orilla sin dar crédito a lo que estaba sucediendo. Los demás, mientras tanto, presenciábamos un baile de túnicas blancas y neoprenos negros. De pronto, aquello me pareció una representación de la eterna lucha entre el bien y el mal, el cielo y el infierno. De nada sirvió frotarse los ojos, era un momento muy real.

Aquel primer domingo de agosto no viví un momento cualquiera. Lo sucedido me recordó que la vida es imprevisible y diversa, que no hay una verdad única, que mientras unos veneramos el mundo submarino, otros idolatran el cielo. La vida es un misterio. Por mucho que nos empeñemos en simplificarla, en intentar controlarla, va por libre. Y quizá sea esta libertad lo que la hace tan especial, tan merecedora de ser vivida.

Imagen: sa banyera de ses dones, Tossa de Mar.

Publicado en Historia real Naturaleza

2 comentarios

  1. Sarah Sarah

    Una experiencia que no te imaginabas que ibas a vivir en esa playa, al despertarte por la mañana

    • Virginia Virginia

      Tal cual. Gracias, Sarah.

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