Hoy se celebra el Día Mundial de la Sonrisa y, también, el de los Animales. Si bien la fecha de celebración de la sonrisa cambia de año en año, porque se celebra el primer viernes de octubre, la de los animales es siempre el día cuatro, San Francisco de Asís. Patrono de los animales y hombre sabio, hablaba ya en el sigo XIII de la interconexión existente entre todos los seres vivos que habitamos el planeta. Aunque tenemos tendencia a olvidarlo, ni los humanos estamos solos ni el planeta nos pertenece en exclusiva.
El Día Mundial de la Sonrisa persigue repartir alegría a nuestro alrededor y se celebra desde hace veinticinco años a propuesta de Harvey Ball, el creador del famoso símbolo iconográfico smiley face (cara feliz). El de los Animales, en cambio, se celebra desde hace casi un siglo (1925), señal inequívoca de la imperiosa necesidad de respetar, defender y proteger a los animales no humanos.
Por desgracia, aunque se han conseguido importantes avances en materia de bienestar animal, todavía queda mucho camino por recorrer. Basta con seguir la actualidad para darse cuenta de la poca relevancia que tienen en nuestras sociedades los animales no humanos. Poco o nada se habla, por ejemplo, de las consecuencias que tienen para ellos los conflictos armados de Ucrania y Oriente Próximo. No figuran en ningún recuento de víctimas mortales, heridos o desplazados y, sin embargo, sufren las nefastas consecuencias de la sinrazón igual, o más, que los humanos. Una muestra de la prepotencia con la que actúa la mal llamada especie más inteligente del planeta.
Resulta también incomprensible que la crisis alimentaria que sufre África desde hace años, debida a una sequía extrema, haya provocado que países como Namibia y Zimbaue sacrifiquen centenares de elefantes, jirafas, rinocerontes e hipopótamos para poder alimentar a la población humana. Es una medida tan triste como evitable: cada año se tiran a la basura mil millones de toneladas de comida en todo el mundo (cuatro millones en España). Encima, alimentarse a base de fauna salvaje perjudica la principal fuente de ingresos de estos países africanos, el turismo de naturaleza. Confío en que, vista la polémica que ha generado la decisión de hincarle el diente a un elefante, quizá porque crecimos con Dumbo, se halle otro modo de solucionar la hambruna.
Los animales que habitan los mares también están de enhorabuena. Además de poder alimentarse a base de plásticos y vertidos de petróleo, resulta que también toman cocaína. Va en serio, hay tiburones cocainómanos, los han descubierto este verano en Brasil. Esto es así por dos motivos: en primer lugar, porque la producción y el consumo de drogas liberan sustancias tóxicas en el agua; en segundo lugar, porque los de las narco lanchas, en cuanto ven a la guardia costera, se deshacen de la mercancía lanzándola al mar para que no les pillen con las manos en la masa.
Lo de los tiburones tiene miga: por culpa de Steven Spielberg, media humanidad tiene aprensión a nadar en el mar; por culpa de la evolución, el tiburón pintarroja colilarga ha aprendido a caminar fuera del agua, lo que reduce las ganas de pasear por la costa, no vaya a ser que nos lo crucemos a lo caperucita roja con el lobo feroz; y, ahora, resulta que, por culpa de unos comerciantes sin escrúpulos, los tiburones o van drogados o tienen síndrome de abstinencia. Solo falta que se convierta en una realidad la premisa de la película Sharknado, según la cual un salvaje huracán succiona gran parte del agua de los océanos y, con ella, miles de tiburones hambrientos. Démosle tiempo al cambio climático, que ya sabemos que no solo llueve agua. Agárrate, que vienen curvas. Spielberg se quedó corto.
Volviendo al presente, celebremos hoy los animales y la sonrisa. Si quieres sumarte a la celebración mundial y, de paso, divertirte, te propongo que votes una de las fotografías finalistas del Nikkon Comedy Wildlife Photography, un concurso de fotografía de la naturaleza desde un punto de vista cómico. Algunas imágenes son muy graciosas, ¿adivinas la que he votado yo?
Participes o no en el concurso, espero que sonrías. Hoy, mañana y siempre. La escritora Elsa Punset dice que «la neurociencia ya ha demostrado que las emociones se contagian como un virus. Nuestro estado de ánimo tiende a ser el promedio del de las personas más próximas». Intenta que, al menos hoy, te contagie el virus de la alegría. ¡Y propágalo a mansalva!
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