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Un globo de helio

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Dicen que santo Tomás solo creía en las cosas que veía. Sin embargo, a menudo presenciamos escenas cuyo preludio no hemos visto, cuyo desenlace no veremos, y, aun así, los intuimos. ¿Somos adivinos? Quizá haya gente con poderes premonitorios, como Javier Rey en la serie La última noche en Tremor, que sin duda te recomiendo, pero, en general, somos seres racionales capaces de aprender de la experiencia. Con la lección aprendida, practicamos la deducción y la anticipación. Esta es la teoría, claro. En la práctica, hay quien no aprende en la vida.

Ayer, por ejemplo, en una estación de metro y pegado al alto e inaccesible techo, había un globo de helio azul con el dibujo de Stitch. Enseguida imaginé a un niño en pleno berrinche por la pérdida de su juguete, al adulto que lo acompañaba desesperado y al resto de pasajeros conmovidos por la escena. Yo no estaba allí, pero lo deduzco, quizá porque lo he presenciado otras veces. En cambio, cuando veo a una chica con una libreta manuscrita entre las manos, de la que no aparta la mirada salvo para cerrar los ojos y recitar en voz baja, la imagino en un examen que vendrá. Me anticipo, quizá porque esa era yo años atrás.

La deducción y la anticipación no son ciencias exactas. Es fácil equivocarse porque, como en todo, hay cierto grado de subjetividad. Quizá el niño estaba harto del globo, porque lo que en realidad le apetecía era cogerle el teléfono móvil a la madre y jugar con él, y abrió la mano a sabiendas de que el helio se llevaría lejos al globo. Se anticipó. Ante semejante pérdida, qué menos que consolarlo prestándole el móvil. Hay quien aprende rápido.

En el caso de la chica, quizá no estudiaba ninguna materia y simplemente memorizaba una carta de amor, o repasaba las letras de las canciones de su cantante preferido al que vería esa noche en un concierto, o leía las recetas de su difunta y querida abuela. Caben infinitas posibilidades, aunque la experiencia nos dice que las probabilidades de acertar con la primera hipótesis son altas.

Practicar la deducción y la anticipación nos hace mejores personas. Si vemos a una compañera de trabajo con los párpados hinchados y los ojos enrojecidos, sabemos que ha llorado un buen rato; si el anciano que nos precede en la cola del supermercado tiene dificultades para controlar el temblor de las manos, sabemos que le costará pagar en caja y, todavía más, llevar la compra hasta su casa; si un perro mira siempre a su responsable humano con la cola entre las patas, sabemos que le tiene miedo; si un niño no quiere ir a clase y se inventa extrañas enfermedades de origen extraterrestre, podemos deducir que para él el colegio no es un lugar agradable.

Estas evidencias, sin embargo, no son visibles para todo el mundo. Hay quien continúa con su pareja a pesar de saber que no le conviene, quien se empeña en mantener amistades tóxicas que le bajan el ánimo y la autoestima, quien compra de forma compulsiva convencido de que acumular objetos le dará un sentido a su vida, quien decide mirar hacia otro lado cuando el de al lado sufre, quien cree que representar a una parte de la población sirve para hacer lo que le plazca, incluso en plena dana.

Quienes sí somos capaces de practicar la anticipación y la deducción tenemos el poder, quizá también el deber, de ayudar a los demás. Quizá nos digan que no necesitan nuestra ayuda, quizá incluso la rechacen, pero lo importante es que sepan que no están solos, que nos damos cuenta, que los vemos. Vivimos en comunidad, a veces basta con acompañar. Si ves un globo de helio volar para no regresar jamás, salta, sujétalo. La defensa de la alegría está en detalles tan simples como este.

Publicado en Historia real

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