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El árbol de Navidad

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Hace un par de semanas un camión remolcaba un abeto de considerables dimensiones por las calles de Nueva York; veintidós metros de altura, once mil kilogramos de peso. Era el árbol elegido para la decoración navideña del Rockefeller Center y yacía tumbado, sujeto con cables de acero. Talado. Privado de vida. La imagen me encogió el corazón.

Con ocasión de las fiestas navideñas, millones de hogares, plazas y calles se decoran con luces de colores, figuras, lazos y… Abetos. Pero ¿qué pinta un abeto en nuestra casa? La culpa la tiene un misionero llamado Bonifacio que, en pleno auge del Cristianismo, ofreció un abeto como símbolo de la vida eterna, porque sus hojas siempre son verdes y la punta señala al cielo. Por lo que parece, la idea causó furor; desde entonces, cada año se talan millones de abetos en todo el mundo, un auténtico drama medioambiental.

El ser humano, acostumbrado a sentirse el dueño del mundo, olvida que un árbol no es un mero objeto decorativo. Ante todo es un ser vivo, un vecino, al que le debemos gran parte del oxígeno que respiramos. Además, un árbol es el hábitat de un montón de especies animales que comparten ramas, hojas, tronco y raíces. Talarlo para convertirlo en un objeto decorativo efímero es un sinsentido, además de cruel.

Hay voces críticas contra la práctica de la tala del abeto. En las localidades alpinas italianas, existe, desde tiempos inmemoriales, la tradición navideña de regalar un majestuoso abeto al Papa para que luzca en la plaza de San Pedro. En 2022, el ayuntamiento de Rosello quiso donar un ejemplar bicentenario de treinta metros de altura, pero el árbol estaba en una zona protegida y, gracias a la movilización ciudadana, el abeto se salvó de una muerte segura. Por desgracia, este año se ha repetido la escena con el «Gigante Verde». Proviene del valle del Ledro y, aunque se han recogido más de cuarenta mil firmas contra la tala, el árbol está ahora en la plaza de San Pedro, lo que ha cosechado fuertes críticas por toda Italia.

Por fortuna, la conciencia medioambiental va en aumento y hay quienes solo compran abetos con raíces. De este modo, si el árbol supera el estrés de ser arrancado de su hábitat y plantado en una maceta, si sobrevive a la calefacción del hogar, podrá ser replantado. En la famosa feria del abeto de Espinelves, que se celebra desde hace cuarenta y tres años, no venden árboles sin raíces. Y, desde hace algunos años, muchos ayuntamientos habilitan zonas en la calle para depositarlos pasadas las fiestas y, de este modo, intentar recuperarlos. Ojalá sobrevivan.

Para tener un árbol de Navidad, no es necesario molestar al abeto. Existen alternativas a la tala, materiales que permiten crear árboles de mentira, pero que dan el pego. Los hay preciosos. Hay abetos de plástico, papel, cartón, madera, cristal, esparto, libros y… Lana. En Alcarrás, este año han creado un árbol de ganchillo de ocho metros de altura. En su elaboración han participado ciento setenta vecinos y vecinas, que han usado doscientos kilómetros de lana para tejer cuatro mil cuadrados de distintos colores. El resultado es una maravilla, una obra de arte.

Algunos acérrimos defensores de las tradiciones son incapaces de comprender que la vida cambia continuamente. El ser humano aprende de la experiencia, evoluciona, mejora. Podría hacerlo con menos torpeza y más celeridad, desde luego, pero aprende a base de errores y busca alternativas. Y ¡las encuentra! Si tenemos en cuenta que la Navidad actual ya no es lo que era, pues hemos incorporado costumbres de otras tierras y gozamos de una Navidad a la carta, cambiemos también la nefasta tradición de la tala navideña, no seamos cómplices de este innecesario error medioambiental. Existen alternativas basadas en el compromiso, la imaginación y la defensa de la alegría. Usémoslas. Celebremos una Navidad respetuosa con nuestro planeta, nuestra casa, la casa de millones de especies animales y vegetales.

¡Felices fiestas!

Publicado en Historia real Naturaleza

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