Saltar al contenido →

No sin mi tebeo

no-sin-mi-tebeo

Tengo un recuerdo grabado a fuego, el momento en el que mi madre me compraba un tebeo. Recuerdo la ilusión de tenerlo, las ganas de empezar a leerlo, la imposibilidad de soltarlo y, al terminarlo, la desesperante espera hasta el siguiente. Con las historietas de Francisco Ibáñez se me pasaban las horas desgranando los detalles de cada página: el caracol que trepa por la esquina, la colilla en la acera, el bebido agarrado a una farola, la araña en el techo; me chiflaba la vida de los inquilinos del 13, Rúe del Percebe, porque, en lo que parecía una única viñeta, había un mundo entero por descubrir.

Pienso en esto mientras veo el enésimo anuncio televisivo de coleccionables a la venta en el quiosco más cercano, un establecimiento atiborrado de revistas, periódicos, libros, cromos y golosinas; un lugar cada vez más escaso en el que comprar magia y, quizá, entablar una conversación con el quiosquero, para algunos la única del día. Y me doy cuenta de que las empresas que ofrecen coleccionables, de todo tipo y con innumerables entregas, se alimentan del afán recolector de todo ser vivo, y, también, de la nostalgia de aquellos tiempos de la infancia, aquella época en la que, aunque pasáramos penurias, nos librábamos de ser adultos, de los problemas, las preocupaciones, los desengaños. Es verdad que también anhelábamos la libertad de hacer lo que nos apeteciera, y deseábamos crecer rápido, pero qué más daba eso mientras tuviéramos una buena historia entre las manos.

El pasado lunes se celebró el Día del Cómic y del Tebeo, una celebración reciente para reconocer el valor del cómic, auspiciada por el Ministerio de Cultura y aprobada, hace tan solo tres años, por el Consejo de Ministros. La fecha escogida no es casual: el 17 de marzo de 1917 comenzaba su andadura la revista «TBO». Millones de niñas y niños de este país crecimos leyendo esta publicación de periodicidad semanal. ¿Quién no ha deseado que llegara el fin de semana para correr y adquirir un nuevo ejemplar? El fenómeno fue tan importante, que dio nombre a este tipo de publicación.

Desde entonces proliferaron distintos tipos de revistas de historietas, como la icónica Tío Vivo, e incorporamos con normalidad a nuestras vidas la existencia de personajes de indiscutible fama: Mortadelo y Filemón, El botones Sacarino, Superlópez, Zipi y Zape, los inquilinos del 13, Rúe del Percebe, Rompetechos, Pepe Gotera, Otilio, Chicha, Tato y Clodoveo. Con el tiempo, aparecieron otros personajes procedentes de tierras extranjeras: Astérix y Obélix, Tintín, Boule et Bill, Bob et Bobette, Los Pitufos, Charlie Brown, Mafalda o Lucky Luke. Con la edad, descubrí el cómic adulto, con maravillas como Maus, Persépolis, Arrugas.

Es tal el atractivo del denominado noveno arte que, desde 1981, se celebra en Barcelona el Salón Internacional del Cómic. Hay quien no se lo pierde ni en broma, y es raro el que no lo ha visitado nunca. Vivimos tiempos convulsos que nos generan angustia, crispación, tristeza, indignación; tiempos que requieren estar alerta para que nadie nos someta, nos borre del mapa. Sin embargo, a veces es necesario desconectar del mundo, resguardarse en un lugar seguro, recuperar la inocencia de la infancia, perderse entre viñetas. Si la idea te tienta, un apunte: la 43ª edición del Cómic Barcelona tendrá lugar del 4 al 6 de abril. Yo lo tengo claro: no sin mi tebeo.

Publicado en Escritura Historia real Libros Sin categoría

Un comentario

  1. silvia silvia

    Bonita foto… ¿Dónde es?… 🙂

    Yo he ido varias veces al salón, y tengo un pequeño tesorito, que es un dibujo de Quino en uno de los primero libritos que me compré de él.

    ¡Feliz viernes y espero que disfrutaras mucho del concierto de Vega!

    Un beso

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *