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La virtud de limpiar

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Hace unos días una anciana me confesó que por fin se había atrevido a tocar unos libros que habían pertenecido a su marido, fallecido doce años atrás. Los libros estaban en una vitrina; eran antiguos, especiales, los más queridos. Durante años la mujer miró la vitrina con melancolía. Con su presencia, los libros le recordaban la peor de las ausencias, la de su compañero de vida, su amigo, su cómplice.

El tiempo, que avanza implacable, no le curó la herida, pero sí permitió que la mujer aceptara que los objetos son eso, objetos. Su marido no estaba entre las páginas amarillentas de aquellos libros tan bien custodiados ni agarrado al lomo de tela que anunciaba el título ni sentado en el sillón pensando qué ejemplar acariciar. Su marido, de estar en algún sitio, estaba en su corazón. Y lo estará hasta el día en que su luz se apague para, ojalá, reunirse con la de él.

La mujer, ayudada por su hija, elaboró una lista de los libros con el título, el autor, la editorial y el año de edición. El yerno se encargó, con paciencia y esmero, de buscarles un comprador; obtuvo tres mil euros. La mujer, sorprendida y encantada, se preguntó qué hacer con aquel dinero, y decidió que lo emplearía en un viaje para los tres. ¿No es maravilloso?

Esta historia me recordó una verdad aplastante: la mayoría de las personas acumulamos una cantidad enorme de objetos. Ocupan espacio y, cuando buscamos algo concreto, nos provocan auténticos quebraderos de cabeza. Muchas son cosas inútiles, tentaciones a las que hemos sucumbido por culpa de la sociedad consumista en la que vivimos. Las mudanzas nos ayudan a comprender el alcance de nuestro afán acaparador; al tener que introducir las pertenencias en cajas de cartón, comprendemos la magnitud del desastre. ¡Tenemos demasiadas cosas!

Como, además, no pensamos en el mañana ni mucho menos en la muerte, no nos damos cuenta del aprieto en el que vamos a meter a nuestros seres queridos. Porque, nos guste o no, serán ellos los que tendrán que encargarse de revisar cada cajón, cada estante, cada armario; tendrán que ocuparse de gestionar su contenido, decidir qué tirar, qué guardar, qué regalar, qué vender. Es lo que le pasa a la protagonista de Un tesoro en el olvido al principio de la novela, y no es un momento agradable. Ante una pérdida dolorosa, no hay nada peor que tener que lidiar con la caída libre por un precipicio emocional y, encima, tener que gestionar las pertenencias, por no decir basura, de la persona que se ha marchado. A ratos deseas estrangularla, pero la muy pillina se ha ido de rositas.

La solución al problema de la acumulación de objetos está en Suecia. Existe una práctica bautizada döstädning, que combina la palabra (muerte) y städning (limpieza u orden). La llamada «limpieza de la muerte» consiste en deshacerse de todo lo innecesario antes de dejar este mundo. También, en liberar a tus seres queridos de la pesada carga de tus objetos. Margareta Magnusson habla de ello en su libro El arte sueco de ordenar antes de morir, y da ejemplos prácticos para facilitar la ardua tarea de enfrentarse a lo acumulado.

Lo sé, limpiar es un rollo. Y decidir qué tirar y qué guardar no es tarea fácil. Yo, por ejemplo, todavía guardo el jersey que llevaba en la primera cita que tuve con mi mujer, ¡hace más de doce años! Desde entonces me lo he puesto en contadas ocasiones, tiene un cuello vuelto que me agobia, los inviernos son cada vez más suaves. Miro el jersey y pienso que ocupa un sitio que necesito, pero soy incapaz de deshacerme de él. ¿Y si al hacerlo se rompe el hechizo amoroso? Al problema de la ropa acumulando posibilidades de ser devorada por polillas se añade otro de mayor envergadura: soy una tsundoku de manual. ¡Vivo rodeada de libros!

Tarde o temprano viajaremos a otra dimensión. Extenderemos las alas, levantaremos el vuelo y dejaremos un rastro de infinidad de objetos, cuya utilidad y significado no tienen por qué conocer los demás. Así que te propongo el reto de ponerte manos a la obra, de deshacerte de todo aquello que carece de interés y utilidad. Es una manera distinta de defender la alegría de tu gente querida, y, créeme, te lo agradecerán. Y, lo que es mejor, tú también lo celebrarás. Si, además, consigues vender algunos objetos, puedes regalarte un viaje. Estoy segura de que, cuando te asomes a la ventanilla del avión y sonrías ante el espectáculo que te ofrece la altura, te preguntarás: ¿por qué no lo he hecho antes?

Ante el vicio de acumular, la virtud de limpiar. ¡Manos a la obra!

Publicado en Historia real Naturaleza

2 comentarios

  1. Asunción Garzón Clariana Asunción Garzón Clariana

    Está muy bien. Creo que tendré que ponerme manos a la obra!
    Un abrazo.

    • Virginia Virginia

      Me alegra que te haya gustado. ¡En marcha!

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