Llevar medio siglo a cuestas hace que me dé cuenta de algunas cosas. La primera, que mi cuerpo ha cambiado. En mis manos han aparecido unas manchas marrones parecidas a las salpicaduras de café, y, en la comisura de los ojos, unas marcas que parecen rayos de sol. De las canas ya ni hablo, porque tuve la primera con dieciséis años. Me tiño desde los treinta, y no creo que deje de hacerlo antes de los sesenta, por más que ahora esté de moda dejarse el cabello natural o decolorarlo para lucirlo plateado.
Además de detectar en mi cuerpo el paso del tiempo, me doy cuenta de que no soy auténtica. Veo en mi físico el rastro de mi familia: de mi madre tengo los pies escasos, el dedo índice, la baja estatura, la sonrisa pícara, las cejas dibujadas sin necesidad de pinzas; de mi padre, el colmillo sobresaliente, la papada, las manos, una marca de nacimiento en la piel; de mi abuela materna, la nariz, la finura de voz. No me habría importado heredar otros rasgos, como los ojos azules de mi abuelo materno o la elegancia de mi abuela paterna. No pudo ser.
Reconozco el rastro de mi familia también en mi carácter: el amor por la naturaleza de mi abuelo materno, su insaciable curiosidad por infinidad de temas, la afición lectora y cinéfila de mi madre y de mi padre, el compromiso social y la sensibilidad de ambos. Por fortuna, no he heredado la pasión por el dulce de mi abuelo paterno, que tantos kilogramos de más le regaló, ni la soberbia de mi abuela materna. Me libré. Sin embargo, al igual que cualquier persona, heredé una importante colección de heridas, sueños frustrados, miedos y reproches que condicionaron, y todavía condicionan, mis relaciones familiares, sentimentales y sociales. Generación tras generación, el ser humano arrastra un peso que, en realidad, no le corresponde. Menos mal que hay terapeutas.
Pesadeces a parte, me divierte encontrar el parecido entre personas que conozco, ver cómo una nieta parece su abuela de joven, descubrir rasgos similares entre hermanas, entre primos, detectar expresiones características de alguien al salir de la boca de otra persona. Aunque se dice que no hay dos personas iguales, la verdad es que nadie es auténtico del todo, estamos salpicados de rastros.
De todos los rastros que hay en mí, me emociona de una forma especial el de mi madre, que marchó de forma prematura por culpa de un maldito cáncer. Por eso recibo con tanta alegría y agradecimiento el regalo que me han hecho dos personas en los últimos días. Mar, una vieja amiga de la familia materna, vio la fotografía, en la que aparezco vestida de época, con la que informaba en mis redes sociales de mi participación en la 22a Fira Modernista de Terrassa, y me escribió: «en esta foto está tu madre, la he visto en ti». Isabel, que fue alumna de mi madre en la Universidad Autónoma de Barcelona, asistió el domingo a mi charla sobre baldosas hidráulicas modernistas, y, al acabar, se me acercó y me dijo: «eres Gloria».
Resulta difícil seguir adelante tras la pérdida de una persona muy querida, vislumbrar momentos felices, disfrutarlos. Pero un día, sin saber muy bien cómo, descubres que pensar en ella no te desgarra por dentro, que eres capaz de recordarla con una sonrisa en los labios. También ves el rastro que ha dejado en ti mediante la genética, el pensamiento o el comportamiento. Pero si no te das cuenta, quizá tengas la suerte de que alguien, en el momento menos pensado, te lo muestre, como han hecho Mar e Isabel conmigo. Sentirás que recibes un importante regalo, la certeza de que tu ser querido nunca se marchó del todo. Sigue aquí, contigo, inmortal.
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