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No quepo en mí

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Siempre me ha gustado disfrazarme. Acostumbro a celebrar mi cumpleaños convertida en otra persona, porque me parece divertido, una manera de desafiar el paso del tiempo. El primer disfraz que recuerdo haber llevado me lo hizo mi madre con un papel muy fino, ligero, arrugado y con pliegues. Se lo conoce como papel crepé o papel crespé, aunque también hay quien le llama papel «Pinocho», porque se estira y se encoge como la nariz del protagonista del cuento de Carlo Collodi.

En mi afición por disfrazarme no estoy sola. A mucha gente le divierte, a juzgar por lo que sucede en las calles de muchas ciudades durante la celebración del Carnaval y de Halloween. En Barcelona, además, tenemos la gente que sucumbe a la magia Manga. En cuanto llegan estas fechas, por las aceras de las ciudades deambulan todo tipo de personajes, algunos más agradables que otros. ¿A quién se le ocurrió que era divertido disfrazarse de muerto viviente, enfermera sádica o asesino sangriento?

Parece que el éxito del disfraz radica en que permite desinhibirse y liberar tensiones, socializar, divertirse. Aunque sería maravilloso transformarse de verdad, a lo Clark Kent. Ponerte un traje y, de repente, tener poderes. ¿Te imaginas lo chulo que sería sobrevolar tu ciudad?, ¿ser invisible a voluntad?, ¿balancearte entre edificios?, ¿eliminar de la faz de la tierra a seres malvados? ¡Yo quiero!

Disfrazarse y vestirse de época no son lo mismo. Hasta no hace tanto yo creía que un disfraz y un traje eran sinónimos, al fin y al cabo cambias tu aspecto por otro, pero he recibido más de una regañina. La clave del asunto está en el modo en que te transformas: un traje es riguroso con la época que representa, sigue unos patrones determinados de acuerdo con los registros existentes (cuadros, fotografías, crónicas, revistas de moda); jamás está confeccionado con telas sintéticas, porque estas pertenecen a la modernidad; usa colores y materiales acordes a aquella época. Así que, cuidado: si pretendes hacerle sombra a Cleopatra, por favor, nada de poliéster ni de lentejuelas, ¡algodón egipcio!

Dicen que refugiarse en el pasado es una huida, que genera melancolía. Sin embargo, yo creo que las cosas bonitas no deberían desaparecer nunca, que deben conservarse, sobre todo si defienden la alegría. Si te gusta vestir de época, si disfrutas al ver a gente vestida de época, estás de enhorabuena. Este fin de semana se celebra la 22ª Feria Modernista de Terrassa, ocasión con la que la ciudad y sus habitantes viajan más de un siglo atrás. Las calles se llenan de sombrillas, bastones, sombreros de copa, relojes con cadena, flores, plumas y abanicos. Y, la agenda, de actividades variopintas, todas interesantes. Dos semanas después tendrá lugar la 19ª Feria Modernista de Barcelona, otra ocasión para contemplar los diseños de los vestidos, los adornos de los sombreros, y aprender, entre otras cosas, el lenguaje del abanico.

Yo no puedo estar más contenta. Al haber escrito la novela Un tesoro en el olvido, impregnada de Modernismo de principio a fin, voy a participar en ambas ferias, y, además, en Terrassa me vestiré de época. Estoy que no quepo en mí de gozo.

Nota: imagen tomada el año pasado, en la 18a Fira Modernista de Barcelona.

Publicado en Historia real

2 comentarios

  1. Lourdes Lourdes

    Que vagi molt bé, Virginia! Segur que en gaudiràs molt. I, per descomptat, volem una foto teva vestida d’època!

    Una abraçada gran i fins aviat!

    • Virginia Virginia

      Moltes gràcies, Lourdes!! 🙂

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