Premiar a alguien es reconocerle una obra, una actividad, una cualidad. Entre otras cosas, se premian la música, el cine, el teatro, la literatura, el deporte, el periodismo, las investigaciones científicas, los descubrimientos y las contribuciones notables a la humanidad.
Recibir un premio acostumbra a ser motivo de alegría, porque pone en valor el trabajo, el esfuerzo, el compromiso. Aunque también puede provocar incomodidad porque, en un mundo gobernado por la dualidad, no es de extrañar recibir contrapremios, galardones críticos cuyo propósito es mostrar un mal trabajo o comportamiento.
Los Oscar tienen su antítesis en los Premios Golden Raspberry, más conocidos como Razzies, que desde hace 45 años premian, siempre con un enfoque cómico, los peores intérpretes, guionistas, directores y películas estadounidenses. En España contamos con los YoGa (juego de palabras con «Goya»), unos premios irónicos a lo peor del cine español y extranjero, otorgados desde 1990 por Catacric, uno colectivo de críticos de cine de Cataluña. Y, también, con el Premio Gehitu de Hojalata, que se concede a la persona o entidad que más haya obstaculizado o pisoteado los derechos fundamentales de las personas LGTBI. El humor puede ser una herramienta de cambio muy poderosa.
Todo premio y contrapremio puede aceptarse o rechazarse. Lo habitual es lo primero, pero también puede utilizarse el momento de triunfo para denunciar alguna injusticia. Es lo que sucedió en 1973 en la ceremonia de los Oscar. Gracias a su interpretación en la mítica película El Padrino, Marlon Brando resultó ganador en la categoría de mejor actor. Sin embargo, se negó a recoger el galardón y, en su lugar, envió a la activista indígena Sacheen Littlefeather, descendiente de nativos apaches y activista por los derechos civiles. Sacheen rechazó en público el premio y dio un discurso de protesta: «Marlon Brando no puede aceptar este generoso premio y esto se debe al trato que le da la industria cinematográfica y la televisión a los indios americanos». Bravo.
Como escritora que soy, sigo con atención los premios Planeta, Cervantes, Nadal y el Nacional de Narrativa. También, al Premio Princesa de Asturias de las Letras, galardón que este año se ha llevado Eduardo Mendoza, cincuenta años después de su primera novela, La verdad sobre el caso Savolta. El jurado ha destacado de él que «en sus libros sobresalen el sentido del humor y la visión desenfadada y humanista de la existencia. Eduardo Mendoza es un proveedor de felicidad para los lectores, y su obra tiene el mérito de llegar a todas las generaciones, que hoy se reconocen en sus luminosas páginas.» Este merecidísimo premio a Eduardo lleva asociado uno mayor: ser considerado un «proveedor de felicidad para los lectores». ¿No es maravilloso? Para mí, es el mejor piropo que puede recibir un escritor. Sin duda, Eduardo es un defensor de la alegría en toda regla. ¡Gracias!
No resultar premiado puede provocar tristeza, frustración, enfado. Es natural, había unas expectativas de reconocimiento y visibilidad que no se han cumplido. Quizá es lo que ha sentido David Uclés, autor de la aclamada novela La península de las casas vacías, al no recibir el Premio de Literatura de la Unión Europea. La ganadora ha sido la italiana Nicoletta Verna, por I Giorni di Vetro (Los días de cristal). Sin embargo, David tiene motivos de sobras para estar eufórico: su novela no solo fue la elegida para representar a España en el mencionado galardón, sino que se ha convertido en todo un fenómeno literario. No está nada mal para una crónica de la guerra civil de setecientas páginas escrita a lo largo de quince años. ¡Enhorabuena!
Dicen que lo importante es participar, y creo que es verdad. Se compita en la categoría que se compita, se persiga el sueño que se persiga, lo importante es intentarlo, creer en uno mismo, en lo que haces. Aunque el sabor amargo de la derrota es inevitable, hay que seguir adelante, dedicarse a lo que se ama y hacerlo de la mejor manera posible, siempre sin traicionarse. El sabio Pepe Mujica lo dijo muy claro: «triunfar en la vida no es ganar. Triunfar en la vida es levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae.» Porque «derrotados son los que dejan de luchar, y dejar de luchar es dejar de soñar». El premio es soñar. Es lo que nos hace humanos.
Mejor el sabor amargo que nada. Fracasar significa que lo has intentado.
Feliz fin de semana!
También tu eres “una proveedora de felicidad para nosotr@s” y no solamente por lo que escribes que ya de por sí es un gustazo, “en persona más y mejor” 🔝
Feliz Finde..!
Yo también soy fan tuya 😉