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En mi nombre la alegría

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Me enamoré de Audrey Hepburn al verla en Desayuno con Diamantes. La escena en la que toca la guitarra y canta Moon River, de Henry Mancini, está grabada en mi memoria y en la de millones de personas. En Vacaciones en Roma me hizo reír y soñar, y deseé con todas mis fuerzas que se rebelara contra el destino que la aguardaba. En la escuela, por mandato de la maestra de inglés, visioné varias veces My Fair Lady, en un intento fallido de mejorar mi pronunciación del idioma.

Audrey siempre me ha fascinado. Era elegante, inteligente, divertida, humilde, discreta. Pero más allá de su valor como actriz, lo que más me gustaba de ella era su compromiso con los demás, el modo en que utilizaba su fama para intentar cambiar lo que en el mundo no iba bien. Se entregó a la lucha por los derechos de la infancia, y durante muchos años ejerció de embajadora de UNICEF.

Descubrir que Audrey había nacido en Bruselas solo acrecentó mi devoción por ella; Bruselas es mi segunda casa, el lugar que me convirtió en lo que soy. Lo que no sabía es que Audrey sufrió la Segunda Guerra Mundial. Gracias al cómic La guerra de Audrey, que recomiendo con fervor, he sabido que la vivió en los Países Bajos, donde conoció el hambre, el miedo, las bombas, la muerte. Gracias a los textos de Salva Rubio y las ilustraciones de Loreto Aroca, he podido comprender el impacto que aquella experiencia le causó, el por qué nunca hablaba de su infancia.

La lectura del cómic impacta por lo que muestra y transmite, y, también, por el momento en el que se publica. Miles de niñas y niños palestinos están siendo asesinados por Israel, mientras la Comunidad Internacional guarda silencio y mira hacia otro lado. En la tramposa y errónea equiparación de Palestina con Hamás, pues ni Euskadi ni España eran ETA, asistimos a diario al genocidio de un pueblo entero, a una masacre planificada para arrebatarles la tierra y convertirla en un complejo turístico.

Día tras día se suceden en los telediarios y las redes sociales noticias dramáticas, imágenes imposibles de digerir, gritos que hielan la sangre. Y lo peor es saber que las niñas y los niños de Gaza no son los únicos que parecen condenados a una muerte segura, porque en el mundo hay decenas de conflictos armados donde la vida importa poco y se apaga rápido. Son los nadies de los que hablaba Eduardo Galeano, «los hijos de nadie, los dueños de nada. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadie, que valen menos que la bala que los mata».

El mundo, que nunca ha sido un tablero de juego fácil, de repente se ha complicado de un modo insospechado. Asistimos a un cambio de reglas, a la desaparición de las mismas, y una gran mayoría de ciudadanos sentimos rabia, impotencia. Miedo. Porque sabemos, nos lo demuestran a diario, que la vida humana importa poco. La vida, en general. Y callamos.

Pero también nos rebelamos y luchamos. Defendemos los derechos humanos, reclamamos su defensa. Acudimos a manifestaciones, aún a sabiendas de que es muy posible que ningún medio de comunicación lo cubra, como ha sucedido esta semana en Londres con el medio millón de personas que han gritado basta; apoyamos a organizaciones humanitarias, en sus proyectos, en sus conciertos por la paz, como el que tendrá lugar el próximo lunes en el Gran Teatre del Liceu, con la esperanza de que se conviertan en nuestros brazos, en nuestro corazón. Y confiamos que la ayuda llegará, que servirá para salvar a las miles de pequeñas Audrey que tiemblan asustadas mientras esperan a que alguien se acuerde de ellas y las rescate, que les permitirá cumplir sus sueños para, quizá, convertirse en un icono mundial. En una aliada de la humanidad.

En mi nombre, la paz, la solidaridad, la hermandad de los pueblos. En mi nombre, la alegría.

Publicado en Guerras Historia real Libros

3 comentarios

  1. silvia silvia

    Me pregunto, Virginia, cuando hayan arrasado Gaza, cuando los turistas empiecen a llenar los resorts de lujo con la pulserita de todo incluido, si pensarán que debajo de esos hoteles, está lleno de cenizas de Los Nadie.
    Es tan desolador lo que vemos cada mañana al levantarnos, tan incomprensible ver en la ONU a representantes del pueblo de Israel bostezando o riéndose cuando se relatan las atrocidades que sufren los civiles, que es muy difícil mirar el mundo con un cierto grado de alegría.
    Pero lucharemos, desde nuestra humilde posición en la retaguardia, primero para que Los Nadie tengan nombre, segundo para denunciar el genocidio, tercero para que sepan que hay gente que no los olvida.
    Un beso y gracias por intentar traernos color, luz y alegría.

  2. Lali Lali

    Toda la razón !! 🥲

  3. Joana Joana

    Querida Virginia, no tengo palabras para añadir a lo que con tanto acierto y sentimiento describes, siempre aportas tanto..!
    Me sumo al comentario tan descriptivo de Silvia y solidario de Silvia..! Graciasss..! ❤️

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