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La piel mordida

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Cada verano la misma reflexión: menos mal que no vivo de mi cuerpo, que no soy una modelo o actriz de la que se espera una piel cuidada, uniforme, bronceada. Estaría hace tiempo desempleada, pues colecciono morados, arañazos y picadas. Tengo morados porque acostumbro a golpearme con los objetos que hay a mi alrededor, en especial las esquinas de las mesas y los pomos de las puertas; arañazos, porque en mis paseos por la montaña siempre me cruzo con alguna zarza; picadas, porque los animales parecen conocer mi amor por la naturaleza.

Tengo piel mordida desde mi más tierna infancia. Me estrené con una avispa en la casa de veraneo de mis abuelos maternos, en cuyo jardín había una piscina rodeada de césped por el que me encantaba caminar descalza. Recuerdo el dolor y el llanto, el intenso olor a amoniaco, los cuidados de mi madre. A la avispa le siguieron los mosquitos. Empeñados en robarme la sangre, interrumpían el descanso nocturno con un sonido que todo humano identifica y que causa la misma tranquilidad que las primeras notas de la banda sonora de Tiburón. Para colmo, desde hace unos años convivimos con la modalidad tigre, que viene armado con un sedante en la trompa que le permite picarte sin que te enteres y huir del lugar de los hechos con total impunidad. Menudas ronchas deja de recuerdo.

Mi afición a los perros me supuso conocer a la pulga, un ser malévolo que usa la piel como colchoneta elástica y que se empeña en picar de tres en tres. Descubrí la utilidad del pulgar para eliminar su presencia, motivo por el que recibe este nombre, pero habría preferido permanecer ajena a esta información. Después de la pulga conocí al tábano: solo he estado una vez en un hipódromo y tengo el episodio grabado a fuego no por la carrera de caballos que presencié ni por la elegancia de sus largas melenas al viento, sino porque un tábano me picó en la oreja y le duplicó el tamaño. Entenderás por qué no me va la equitación.

En el mar tampoco he estado a salvo, pues me han picado medusas en tres ocasiones. De la última estuve a punto de librarme, detecté a la maligna flotando en mi dirección, pero cuando me disponía a huir lejos una ola me la tiró encima, la muy maja. Dolor agudo, escozor y varios tragos de agua salada de regalo por gritar. Sospecho que también me han mordido arañas, porque he tenido picadas de un tamaño considerable que crecían día tras día.

Hasta aquí todo entra dentro de la normalidad, pero el pasado mes de agosto me picaron dos hormigas. Fue en Costa Rica, a ver si te pensabas que mi escapada fue perfecta. La primera hormiga era minúscula, apenas un milímetro, pero el tamaño de su cuerpo no era proporcional al picor que causaba su mordisco. La segunda, una hormiga soldado, me castigó por atreverme a caminar cerca de sus compañeras que, en fila, transportaban trozos de hojas a su nido, para después alimentarse del hongo que en ellas crece gracias a la humedad; se me infló el lateral del pie con un picor y un dolor intensos imposibles de olvidar.

No me quejo, hasta ahora he tenido suerte y no he sufrido picaduras graves. El problema es que soy incapaz de controlar el picor. Me rasco hasta dañarme la piel y la visión de la sangre no me detiene. Mi madre estaba convencida de que tengo un poco de reacción alérgica, es posible que sea verdad. Pero no me consuela: el trayecto de ayer en autobús lo pasé sentada y doblada hacia delante, incapaz de dejar de rascarme las piernas, atacadas por lo que supongo fue una manada de tigres despiadados.

Si todavía tengo piel es gracias a gente que no conozco. Hay inventos que no valoramos en su justa medida, que no agradecemos lo suficiente, como los remedios que calman el picor y la hinchazón. Actúan rápido y se venden en prácticos formatos que permiten llevarlos encima a todas partes. Tras el susto inicial que me causó el ataque sorpresa de la hormiga soldado, recordé que llevaba uno de estos remedios en la mochila, y después de aplicármelo volví a caminar con normalidad. Aunque sin dejar de mirar al suelo.

Ahora que el verano ha llegado a su fin, que las bajas temperaturas me obligan a cubrirme la piel y me permiten disimular las marcas que la habitan, quiero dar las gracias a unas cuantas personas: a quienes habéis inventado remedios para las picaduras, a quienes los fabricáis, a quienes los transportáis, a quienes los vendéis, a quienes los recomendáis; con vuestro trabajo defendéis la alegría de millones de personas en todo el mundo, incluida yo. Y, aunque me pese, gracias también a los mordedores: aunque sea contra mi voluntad, me obligáis a renovar la sangre, a lo Demi Moore. ¡Cada vez parezco más joven!

 

Publicado en Historia real Naturaleza

Un comentario

  1. Mari Carmen de Miguel Mari Carmen de Miguel

    Has hecho una descripción perfecta de mucha gente, que sufren ésos episodios, por ejemplo yo en la Moixeta. Me gusta mucho como lo has contado, en algún momento he vuelto sentir el picor de las tres mordidas de una pulga éste verano, cuando volví a Madrid, me traía las tres marcas justo en el brazo, sin llegar a la axila. Gracias por tus historias, cada una tiene su personalidad. Te quiero 💞

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