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Una constante

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Hay lecturas que te marcan de un modo difícil de explicar, que te conmueven, que parecen haber sido escritas para ti. El descubrimiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos marcó un antes y un después en mi vida. Se convirtió en mi ideal a perseguir, en mi hoja de ruta. Durante mucho tiempo soñé con trabajar en la Organización de las Naciones Unidas, y lo intenté, pero no lo conseguí; mi expediente académico era bueno pero no brillante y no dominaba el inglés.

A la ONU se le critican muchas cosas, incluso hay quien cree que no sirve para nada. A pesar de sus defectos y carencias, que los tiene y en abundancia, yo defiendo su existencia, pues estoy convencida de la necesidad de un organismo que defienda a la humanidad de sí misma, que proteja los intereses generales de los particulares. La ONU nunca lo ha tenido fácil, los países más poderosos la han manejado a su antojo, y ahora que los nacionalismos están en auge, chocan unos con otros; defienden fronteras que separan, usan banderas como arma, manipulan el uso de la lengua, animan a delatar al adversario y nos recuerdan épocas pasadas que acabaron de forma trágica.

Para colmo, el derecho internacional hace aguas. Las reglas de juego que todos conocíamos y respetábamos ya no son válidas, lo que antes parecía impensable se ha convertido en habitual. Los que defendemos la ciudadanía del mundo somos señalados como traidores, cobardes, ilusos. Incluso, en algunos países, quienes se atreven a contradecir el discurso oficial son detenidos, encarcelados, deportados y, en el peor de los casos, asesinados. El panorama es desolador, angustioso y con motivos de sobra para sentir miedo. Es un secreto a voces: la humanidad vive un momento muy crítico. A menudo siento ganas de gritar.

Sin embargo, hay motivos para la esperanza. En sus dos semanas de vida, septiembre nos ha demostrado que otro mundo es posible, que millones de personas se niegan, nos negamos, a permanecer calladas ante el horror. Para empezar, en este momento decenas de barcos se dirigen hacia Gaza para intentar romper el bloqueo impuesto por Israel y facilitar la entrada de alimentos, agua y medicinas. Son la Global Sumud Flotilla, centenares de personas de distintos países que han decidido romper el silencio y pasar a la acción sin depender de ningún gobierno o partido político. Las tripulaciones cuentan con médicos, artistas, abogados, clérigos, marineros y voluntarios, gente corriente que ha dicho basta.

El segundo motivo de alegría ha tenido lugar en nuestro país, donde miles de personas se han manifestado de forma pacífica contra la participación de Israel en la Vuelta a España. El desenlace es de sobras conocido: la cancelación de la competición. La polémica está servida; mientras unos creen que entorpecer la carrera ciclista está justificado, otros protestan y tachan de incivismo lo sucedido. No soy quien para opinar sobre este asunto, pero sí le pido a la humanidad un mínimo de coherencia. Si se ha excluido de las competiciones deportivas a Rusia como castigo por la invasión de Ucrania, no entiendo por qué no se puede excluir a Israel por la de Gaza.

La guinda del pastel la ha protagonizado la ONU, al acusar a Israel de genocidio en Gaza por buscar “destruir a los palestinos como grupo”. Valiente acusación para una organización hasta ahora tachada de tibia con los poderosos. Lo nunca visto. Basa su conclusión en una investigación de expertos internacionales en derechos humanos y tribunales penales, que han analizado los ataques perpetrados contra civiles, hospitales y escuelas, la hambruna forzada, la violencia sexual y los bombardeos.

Habrá quienes digan que todo esto son tonterías que no sirven de nada. Argumentarán que la Global Sumud Flotilla jamás alcanzará la costa de Gaza, que lo sucedido con la Vuelta lo incitó un torpe presidente del gobierno, que la ONU no pinta nada en el panorama mundial. Lo dirán, lo repetirán e intentarán que la gente se desencante y acepte lo inaceptable. Pero quienes así piensan olvidan una constante en un mundo cambiante: mires donde mires, siempre hay un grupo de personas con principios dispuestas a luchar por los demás. Se llama altruismo, se llama solidaridad, y es tan propio de la humanidad que nadie lo erradicará jamás.

Imagen: visita a la ONU en Ginebra el 27/02/2018.

Publicado en Compromiso Guerras Historia real

Un comentario

  1. silvia silvia

    Cuando pienso en el papel de la ONU, siempre me vienen a la cabeza las tiras de Quino. Creo que el organismo nació con las mejores intenciones, pero que jamás la han dejado, realmente desarrollarse. Desgraciadamente creo que tiene una labor más de florero (y además de esos que no sabes donde poner) que de un organismo con fuerza. Sus declaraciones llegan tarde, muy tarde, pero entiendo que lo tenían muy complicado para hacerlo antes. A la ONU le falta independencia, pero eso es muy difícil de obtener. En cuanto a los movimientos que estamos viendo este mes en España, me siento muy orgullosa. No de las declaraciones del presidente, que creo que también llegan muy tarde, pero si de la respuesta de la gente.

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