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Los aceleradores

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A veces cuesta salir de la cama, levantar el día, lanzarse al exterior. No hay ganas de socializar ni de ser amable ni correcto, solo deseamos estar en silencio, a solas, tranquilos. Algo difícil de conseguir en la ciudad, habitada por decenas de miles de personas. Pero aunque nos quedemos en nuestro refugio, nos invaden sonidos de todo tipo: el tráfico, un televisor con el volumen demasiado alto, un taladro, el interfono, los gritos de unos niños en la escalera. Aun así, qué bien se está en casa.

Cuando nos vemos abocados a salir de casa, nos enfrentamos al mundo exterior. Abandonamos la seguridad y calidez de nuestro hogar para ir a estudiar, trabajar, socializar. Dejamos atrás lo conocido y nos sumergimos en el mundo. De camino a nuestro destino, nos cruzamos con decenas de personas desconocidas y distintas. Todo en ellas difiere de nosotros: el físico, la ropa, el idioma, la cultura, el país de origen, el comportamiento.

Al salir de casa, nos cruzamos con gente que no utiliza desodorante, colonia, jabón. Gente que desconoce la existencia de los auriculares y se empeña en compartir conversaciones, canciones, vídeos, mensajes de voz. Gente que intenta ganarse unas monedas mediante la música, el baile, la venta de cacahuetes con miel o chupachups. Gente que grita sin estar enfadada, necesitada de llamar la atención. También, gente que lee, susurra, observa callada.

El mundo urbano se antoja a menudo un espacio agresivo, estresante, sucio, maloliente. Idealizamos entonces el mundo rural, nos preguntamos por qué no vivimos en una casa rodeada de jardín, de pájaros, de cielos inmensos, de noches estrelladas, de vecinos bondadosos. Queremos huir. Pero no todo está perdido. Entre tanta desazón, surgen aceleradores, pequeños acontecimientos cotidianos que nos facilitan la vida y nos permiten llegar antes a nuestro destino.

El metro en hora punta, el mundo subterráneo atiborrado de gente que viene y va, choques, pisotones, ruido. Bajamos las escaleras y, en cuanto pisamos el suelo del andén, llega el tren. Una sincronización perfecta, el tiempo de espera reducido a un segundo. Sonreímos. Después entramos a empujones en un vagón y, con suerte, encontramos una barra a la que sujetarnos para no caer. Tras varias paradas, la persona sentada de al lado se levanta, ¡por fin un asiento libre!

Aunque es aconsejable viajar en transporte público, a veces es necesario coger el coche. Conducir en la ciudad es vivir en un eterno atasco, sumergirse en una fuente inagotable de estrés, respirar malos humores propios y ajenos. Bocinazos, insultos, conductores más pendientes de la pantalla del móvil que de la carretera, suicidas potenciales que cruzan en rojo y a lo loco, autobuses que invaden el carril de al lado, taxis que no se detienen por más que estiremos el brazo.

De pronto, cuando parece que nadie nos va a ceder el paso para incorporarnos a una calle, alguien aminora la marcha y nos lo cede, y le sonreímos, le sonreímos hasta enseñar los dientes, incluso levantamos la mano para darle las gracias. En ocasiones, el semáforo en rojo al que nos acercamos cambia a verde cuando casi lo alcanzamos, y gritamos hurra y lo dejamos atrás y subimos el volumen de la radio y cantamos, cantamos con ganas.

Los aceleradores suceden a diario y provocan alegría. Acercan el momento anhelado, una reunión de trabajo, una cita en el médico, un encuentro amoroso, un concierto esperado, un reencuentro con una persona querida, un abrazo, un diluvio de besos. Al finalizar la jornada, los aceleradores nos empujan a casa, nos ponen a salvo, con los nuestros. Lástima que al hijo adolescente de la vecina le guste el reguetón.

Publicado en Sin categoría

2 comentarios

  1. JOANA JOANA

    Queridísima Virginia, que buen acelerador de sonrisas leerte hoy y sacarme una por cada situación que tan bien describes, sentirme identificada con todas esas situaciones y sentimientos cotidianos.! Que suerte tener cerca a esta gran escritora !! Gracias xxx

    • Virginia Virginia

      La suerte la tengo yo al contar con una lectora tan entusiasta. Gracias.

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