No hay una persona igual a otra. Nos diferencian la nacionalidad, la cultura, la lengua, la religión, la orientación sexual, la etnia; los ojos, la piel, el pelo, la altura, el peso, la ropa, el vocabulario; la visión del mundo, de la vida, de los demás; los gustos literarios, musicales, cinematográficos, alimentarios. Pero hay una cosa que nos iguala a todos: la muerte. Es la única certeza con la que nacemos, pues nadie escapa a su final. Sin embargo, la muerte es la gran ignorada.
De todos los temas de conversación habidos y por haber, el de la muerte no es uno de los más frecuentes. Si hablas de ella te tachan de macabra, tétrica, aguafiestas. La muerte da miedo, preocupa, entristece. Cuando se asoma, hay quienes analizan su vida entera, se deprimen, la cambian de forma radical. También hay quienes aprovechan la certeza del final para no desperdiciar ningún momento con cosas irrelevantes, trabajos estresantes, gente insulsa o tóxica.
En mis años de búsqueda del sentido de la vida descubrí a Elisabeth Kübler Ross, una de las mayores expertas mundiales en la muerte, las personas moribundas y los cuidados paliativos. Quizá te suene, fue la que descubrió las cinco fases del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. En su libro La muerte: un amanecer, Elisabeth afirma que la muerte es el nacimiento a otra existencia que puede ser probada de forma sencilla. Te aconsejo su lectura, a mí me dio paz.
Leí hace unos días el texto Zambullida, de Irene Vallejo. Comenta que «cementerio es una palabra griega que significa dormitorio y revela que nuestros antepasados querían ver en las tumbas las camas donde están tumbados los muertos.» Más adelante, cuando habla de los adornos de las tumbas, menciona la cubierta de un sarcófago etrusco en la que «reposan las figuras de un hombre y una mujer que llevan 2.300 años cálidamente abrazados.» Al leer esto, recordé dos sucesos.
En 1912 el transatlántico más lujoso del mundo chocó con un iceberg y se hundió para siempre. Si has visto la película Titanic habrás llorado lo que no está escrito, salvo falta de corazón. ¿Verdad que en la tabla también cabía Jack? El guionista es una mala persona. En fin, imagino que recordarás la escena en la que una pareja de ancianos se tumba en la cama y se abraza a la espera de su desgraciado final. Una escena conmovedora. Y real, eran Ida e Isidor Straus.
Un año después del trágico hundimiento, unas excavaciones arqueológicas en Pompeya permitieron el hallazgo de otra pareja abrazada, formada por dos hombres de entre 18 y 20 años, según revelan los análisis antropológicos y de ADN realizados en 2017. Es muy probable que la archiconocida erupción del Vesubio, ocurrida en el año 79 d.C., pillara durmiendo a esta pareja de enamorados.
Estos dos hallazgos demuestran que, en realidad, poco importan las diferencias que nos separan, pues hay un fenómeno que se repite a lo largo del tiempo y de la geografía: ante la certeza de una muerte inminente, una pérdida, una tragedia, buscamos un abrazo. Con los brazos del otro construimos un refugio en el que sobrellevar el miedo, la angustia, la tristeza, el dolor. Qué necesarios son los abrazos cuando la tierra parece abrirse bajo nuestros pies.
Con los abrazos también se celebran la vida, el amor. Nos abrazamos al recibir una buena noticia, al ver a una persona querida. ¿Recuerdas los abrazos del principio de la película Love Actually? «Siempre que me siento pesimista por como está el mundo pienso en la puerta de llegadas del aeropuerto de Heathrow. La opinión general da a entender que vivimos en un mundo de odio y egoísmo, pero yo no lo entiendo así, a mí me parece que el amor está en todas partes.», dice Hugh Grant.
Ahora que de nuevo soplan vientos con los que se achacan maldades a las diferencias, hasta el punto de expulsarlas de un país o negarles la entrada y el asilo, que no nos engañen. Los seres humanos no somos tan diferentes y a todos nos espera el mismo desenlace. Lo que de verdad importa es rodearse de gente querida a la que desear abrazar hasta el final.
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