Me educaron bien, me enseñaron una serie de reglas con las que regir mi comportamiento dentro y fuera de casa. Reglas para quedar bien, para no dar la nota. En la mesa, no podía hablar con la boca llena, masticar con la boca abierta, gritar, cantar, rascarme, estirarme, dejar comida en el plato, lamerlo, mojar pan, jugar con la comida, eructar. Debía limpiarme los labios con la servilleta antes y después de beber y, desde luego, al acabar de comer.
La postura era importante: debía sentarme con la espalda recta, sin apoyarla en el respaldo de la silla, los pies en el suelo y solo podía tocar la mesa con las muñecas. Nada de sorber la sopa ni comer con las manos. Aprendí a quitar la piel de las gambas y la carne de los huesos con cuchillo y tenedor, el orden de colocación de los cubiertos y las copas, igual que Julia Roberts en Pretty Woman, pero sin caracoles saltarines ni un encanto arrollador.
También me enseñaron a pedir las cosas por favor, a dar las gracias, a ceder el asiento a la gente mayor, a las embarazadas y a los invidentes, a sujetarle la puerta al que viene detrás, a abrírsela a quien va cargado, a servir de apoyo al que se cae al suelo, a orientar al que no encuentra una calle, a devolver lo que se ha caído sin que el dueño se de cuenta.
Incorporé las reglas de comportamiento sin cuestionarlas jamás. Fui buena, al principio las cumplía a raja tabla. Luego me rebelé. Ya hace tiempo que mojo pan en el plato, incluso lo lamo si la salsa está muy rica y estoy sola. Acostumbro a comer con las piernas cruzadas, también las doblo en el asiento, a lo yogui. Son pequeños actos de rebeldía.
Ahora bien, mi mayor éxito ha sido confesar que no me gusta el dulce. Sobre todo, los pasteles. Por culpa de mi buena educación me he tragado raciones dobles. Al ver mi trozo en el plato, me limitaba a lamentar mi desgracia y me resignaba a mi destino. Cucharada tras cucharada, me lo comía todo a una velocidad de rayo para reducir la agonía. Qué alegría, te ha gustado. Más. Encima daba las gracias, menudo pastel.
Se acabó. ¿Postre? No, gracias. De verdad, no. Sí, estoy segura. Ya, soy rara. No me gustan los dulces excesivamente cargados de azúcar, la textura en la boca, blanda, viscosa y resbaladiza. Ante la visión de un pastel, un escalofrío me recorre la espalda. No soporto la nata, la crema, la gelatina. Manchan los labios, la punta de la nariz. Su movimiento me resulta aterrador, en cualquier momento me ataca.
La de los postres dulces no es la única negativa que he incorporado. Evito planes que no me motivan, relaciones que no me llenan, presenciar comportamientos que me exasperan, conversaciones insulsas, tóxicas. Es un aprendizaje difícil, a estas alturas de la vida cuesta reprogramarse, expresar la verdad sin sentirse culpable, encontrar las palabras adecuadas, no herir. Pero para sobrevivir a veces hay que decir «no, gracias».
Buenas tardes Virginia . No te gustan los pasteles . Pero si eres una amante de la dulzura de la vida .
Leerte es dulce muy dulce .
Para cuando otra lectura Dulce.
Deseo volver a leerte
Muchísimas gracias, Maria Teresa.