Desde que somos pequeños nos enseñan a tratar con educación a los demás. Decimos por favor, gracias, no hay de qué, buenos días, buenas tardes, adiós, hasta pronto, feliz año. En el transporte público, aprendemos a cederle el asiento a la gente mayor, las embarazadas, las que tienen alguna discapacidad. Estamos tan bien aleccionados, que no protestamos cuando la vecina de la hermana de la abuela nos besa y nos pincha con el pelo afilado de la barbilla. A veces hay más de uno.
Aleccionados desde pequeños, transitamos por la vida siendo educados, amables. Pero nadie nos enseña a salir de una metedura de pata. Aprendemos sobre la marcha, si es que es posible encontrar el modo de huir del repentino sentimiento de vergüenza, que aflora cuando comprendemos que lo mejor sería que la tierra se abriera bajo nuestros pies y se nos tragara, o que llegara un vendaval y nos volatilizáramos como lo hace el polen de las flores. Pero nada de eso sucede.
Ante una metida de pata solo caben el rubor y la disculpa. También, el enfado con quienes compartieron con nosotros sus reglas de comportamiento, pues a veces el origen de la pata mal metida está en la buena educación recibida y aprendida. Lo digo con conocimiento de causa, pues en lo que llevamos de año he tenido la ocasión de comprobarlo dos veces. He metido dos patas de elefante y, para mayor desgracia, durante el trayecto en metro, sin posibilidad alguna de huida.
La culpa la tiene la maldita regla de la que hablaba antes, esa de que hay que cederle el asiento a la gente mayor y a las embarazadas. Leía tranquila cuando levanté la mirada y vi a una mujer delante de mí, de pie, la piel de la cara arrugada, el cabello cano. Me levanté de golpe, como impulsada por un resorte, y le indiqué el asiento libre. La mujer me dio las gracias, pero declinó mi amable oferta, me dijo que se bajaba enseguida. A lo que añadió: «si que me ves mayor». Tierra, trágame.
La segunda vez fue peor. Había sido un día largo y complicado, me sentía agotada, y encontrar un asiento libre me hizo feliz. Hasta que entró en el vagón una embarazada de, al menos, siete meses. Permanecí quieta en mi sitio, el resorte no se activó. Pero tras dos paradas viendo a la embarazada de pie y constatar que nadie más parecía verla, el sentimiento de culpa me levantó. Le toqué la espalda y le señalé el asiento libre. Frunció el ceño y me acusó de gordofobia.
Ante estos dos recientes e incómodos acontecimientos, he concluido que, cuando la buena educación de uno choca con la susceptibilidad del otro, el desastre está asegurado. De nada sirven las buenas intenciones, la cara enrojecida por la vergüenza, las disculpas. Por favor, si alguien sabe cómo sortear situaciones de este tipo, que me lo diga, a ver si así dejo de meter la pata y de bajarme en cualquier parada con ganas de gritar «¡perdone usted!». Gracias.
Totalmente de acuerdo, yo recuerdo un momento como el de la embarazada, simplemente estaba rellenita y casi me mata con la mirada. Eso ya no me pasa, ahora me me lo ceden a mí. Será por el pelo blanco??? 😂😂😂
Jajaja, ¡es posible!