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La alegría como termómetro

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Con ocasión del Día Internacional de la Mujer, el Instituto Can Peixauet, en Santa Coloma de Gramenet, organizó el ciclo Dones creadores (mujeres creadoras) para dar a conocer a mujeres escritoras. Para mi gran suerte, me invitaron a participar. Fue así como, el pasado 11 de marzo, di una charla a alumnos de cuarto de la ESO, jóvenes de 15 y 16 años protagonistas de una etapa desconcertante y crucial.

Tras el pavor que me producía dirigirme a un público adolescente, nadie duda de que el tono de mi voz es poco habitual y demasiado similar al de los dibujos animados, llegó el momento de preparar la charla. No fue fácil, me dirigía a un público poco dado a la lectura espontánea, qué le vamos a hacer, los tiempos han cambiado. Decidí enfocar la charla desde mi experiencia, hablarles de la alegría.

En un momento en el que tienen que decidir si continuar con su formación o adentrarse en el mundo laboral, me pareció importante subrayar la necesidad de escoger algo que les haga vivir con ilusión. Elegir unos estudios motivadores, buscar un trabajo que les guste. Es una elección difícil, lo más fácil es que se equivoquen, pues las opciones son numerosas y variopintas. El reto es inmenso.

Les hablé de mi trayectoria. De niña deseaba ser bombera, después egiptóloga y, finalmente, criminóloga. Elegí estudiar Derecho, y tras cuatro años de aburrimiento e intenso estudio, me licencié. Me decanté por la cooperación internacional, quería mejorar un poco el mundo. Durante mucho tiempo disfruté de mi trabajo, pero llegó un día en el que la ilusión se apagó.

Yo, que soy diurna perdida, veía el comienzo de un nuevo día como una tortura. Sabía lo que me esperaba en la oficina: estrés en altas dosis y una profunda sensación de malestar. Mi ilusión se había secado, ya no tenía nada que ofrecer. Debía cambiar de rumbo. Al darme cuenta, sentí miedo. Pero después sentí la seducción del desafío, de lo incierto. Debía saltar.

Y salté. Aposté por lo que siempre me había acompañado, por la aliada silenciosa que me había ayudado a transitar caminos complicados, dolorosos: la escritura. Desde entonces vivo volcada en un mundo dominado por la incertidumbre. A menudo me he preguntado si no debería replantearme el rumbo. Sé que no: la alegría de escribir no me ha abandonado nunca; el cariño de mi público, tampoco.

Al alumnado les insistí en dos ideas. La primera, que al escoger un camino tengan en cuenta la ilusión. Es importante que la opción elegida les permita conseguir un trabajo con unas buenas condiciones económicas y laborales, pero, también, que les permita sentir alegría. Nadie escapa a los problemas ni al estrés, por eso es importante que, cuando suena el despertador, se salte de la cama con ganas.

La segunda idea que les trasladé fue que no pasa nada si no aciertan a la primera. De hecho, lo más probable es que se equivoquen. Por suerte, la vida nos da segundas oportunidades. Y terceras, cuartas, infinitas. Siempre he envidiado a quienes tienen claro lo que quieren casi desde que nacen, pero son una minoría. La mayoría nos perdemos en la inmensa diversidad de caminos que se nos ofrecen.

Para mí, para ser feliz hay que calibrar la alegría: si no está ahí, ni te acerques; si se ha ido, márchate tú también; si la vislumbras, ve a por ella. Por supuesto, esto no solo se aplica al mundo laboral, también al personal. Se haga lo que haga, hay que usar la alegría como termómetro. Sin ella el mundo es un lugar sombrío, frío, desolador. A veces la alegría se esconde, pero ¡ay cuando se encuentra!

Con ocasión de la promoción de su nueva película, Amarga Navidad, el pasado martes Pedro Almodóvar fue entrevistado por la maravillosa periodista Pepa Bueno, en el Telediario 2 de RTVE. En un momento dado, el aclamado director declaró: «Si no te arrebata lo que haces, vives en una agonía». Nada más que añadir. Bueno, sí: ¡Feliz Primavera!

Publicado en Escritura Historia real

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