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Tiempo de siembra

Siempre me han fascinado las plantas. Soy de las que van robando trozos de las que me gustan para luego hacer esquejes y tenerlas en casa. Disfruto observándolas. Cuidándolas. Hay quien dice que tengo buena mano con ellas. En momentos de crisis existencial hasta me planteé crear una empresa cuya misión fuera cuidar de las plantas de los demás cuando se fueran de vacaciones. También rescatar aquella planta heredada de la abuela que parecía querer marcharse al más allá con ella. Hasta le puse un nombre a dicha aventura, S.O.S. plantas. Claro que, aquella genial idea era previa a que se vendieran plantas en supermercados. Por favor, ¡si ahora hasta puedes encontrarlas en Ikea! Ni las plantas se han librado de esta cultura nuestra del usar y tirar. Yo soy de las que luchan hasta el final. Cuando veo que alguna de mis plantas se marchita, le dedico toda mi atención. Y entristezco cuando alguna se me resiste. Por ejemplo, el hibisco. ¡Cómo me gusta su flor! Cuando veo un ejemplar grande poblado de flores rojas, ¡me emociono! Pero, lo confieso, se me da fatal. Ya he enterrado a varios. No entiendo qué hago mal. También me he despedido de los geranios, porque la mariposa africana solo se elimina con unos productos que son tóxicos para perros y gatos. Y, claro, me niego a que mis compañeros peludos sufran por culpa de un gusano. ¡Hay más plantas!

Con el paso del tiempo, quise ir más allá. ¡Quería tener mi propio huerto! Había escuchado hablar de los huertos urbanos, cultivados en balcones y terrazas. Una fórmula para permitir que los urbanitas no tuviéramos que renunciar a cosechar nuestras propias verduras y hortalizas. Al principio estaba muy perdida. Ni idea tenía de sustratos, cuidados ecológicos, plagas o estructuras de huerto. Por eso, cuando me crucé con el libro El huerto urbano. Manual de cultivo ecológico en balcones y terrazas, lo tuve claro. ¡Compré un ejemplar! Por aquel entonces no había mucha información sobre huertos urbanos y resultó ser una guía maravillosa. Lo sigue siendo. Conseguí una mesa de cultivo y lo rellené con sustrato a base de fibra de coco y de humus de lombriz. Gracias a este libro, me estrené cultivando tomates, espinacas, zanahorias y rabanitos. Viví todo el proceso: desde la siembra de sus respectivas semillas, hasta la cosecha. La primera vez que vi asomar algo verde se me escapó un grito de alegría. Visitaba el huerto varias veces al día y siempre veía algo distinto. Tuve incluso que poner un espantapájaros improvisado con CDs al apreciar rastros de pájaros. No fue un trabajo fácil, las plagas de pulgón y de mosca blanca también estaban al acecho. Tenía que estar atenta. Pero, no me rendía. Y tuve mi recompensa, pues todo cuanto probé estaba delicioso. ¡Tenía sabor!

Febrero es época de siembra. Anímate y adéntrate en el mundo del huerto urbano. No necesitas ni mucho espacio, ni una gran estructura. Solo ilusión, ganas y tiempo. Yo ya he puesto en marcha un pequeño invernadero con semillas de tomate y de pimiento verde. Déjate guiar por este fácil y didáctico libro y, ¡descubre al horticultor que hay en ti!

«Cuando uno se inicia en la tarea de hacer un huerto, se inicia también en la de entender la vida.»

Bigas Luna

Publicado en Historia real Libros Naturaleza

Un comentario

  1. Muy bella reflexión que dice mucho de tu condición humana. Un proverbio turco reza que «quien no tiene pan, pero compra flores, es un poeta».

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