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Somos

Menudo susto llevamos dentro. También agobio. Basta con que nos privemos de algo para desearlo con todas nuestras fuerzas. En este caso, salir a la calle. Es por nuestro bien. El propio y el ajeno. Lo sabemos. Lo entendemos. Pero, cuesta. Los días se hacen largos. Tenemos mayor conciencia del peso del tiempo. En general, corre. Otras, galopa. Pero, ahora, va a la marcha de una tortuga coja. ¡No estamos acostumbrados! Nuestra vida suele ser una carrera frenética y, cuando paramos, nos sentimos perdidos. Abandonados. Quizá sea momento de analizar nuestras vidas. Ver lo que falta. Lo que sobra. Calibrar el verdadero valor de las cosas. Como el privilegio de pasear. Soy una de las pocas afortunadas que pueden salir a caminar, porque mi amiga peluda Trufa lo necesita. Salimos lo justo. Lo básico. Resulta extraño. A penas nos cruzamos con nadie y el silencio es atronador. No hay coches. Ni gritos de niños. El virus nos ha escondido a todos. A veces, sin embargo, aparece alguien. Y, entonces, sucede algo maravilloso. ¡Nos saludamos! Vivir en una gran ciudad conlleva que a menudo ni te fijes en la gente con la que compartes acera. Incluso a veces las prisas hacen que roces, empujes, y ni te disculpes. Ahora somos más visibles. Tenemos rostro. Voz. Quiero pensar que saldremos más humanos de esta experiencia. Más conscientes. De ti. De mí. De todos nosotros. Es momento de volver a mirarnos a los ojos. Dejar de ser personas anónimas y reconocernos como iguales.

¡Cuídate y cuida!

Publicado en Compromiso Escritura Historia real

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