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Un rayo de esperanza

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Desde el martes por la tarde, tenemos el corazón en un puño, el estómago encogido, los ojos húmedos. Se nos han clavado en la retina imágenes de escenas sucedidas en pueblos de los que hasta ayer apenas sabíamos nada: Utiel, Letur, Picaña, Silla, Paiporta, Carlet, Aldaia. Casi un centenar de fallecidos y un número indeterminado de desaparecidos. La desolación es general, absoluta. España está de luto.

Tras lo sucedido en Valencia y Albacete, nadie cuestionará nunca más el peligro que comporta una depresión aislada en niveles altos (DANA), cuyo origen está en el fatal encuentro entre una masa de aire frío de las capas altas de la atmósfera y aire caliente y húmedo. A su lado, las películas apocalípticas parecen un juego de niños. Casas anegadas, coches acumulados uno encima de otro como si fueran piezas de Tetris, puentes y carreteras aniquilados, vientos huracanados, desprendimientos de tierra, pérdida de luz, de agua, de cobertura de telefonía móvil. El horror.

Gente que chilla, que avisa, que llora, que corre, que trepa en busca de altura para ponerse a salvo en los tejados, a la intemperie, bajo la lluvia y el frío. Gente en silencio, un silencio que se clava en la garganta. Lo peor es no tener noticias de los seres queridos, no saber si, además de incomunicados, están heridos o… No, por favor, eso no. El miedo atrapa, la angustia asfixia.

Sin embargo, mientras sucede el fin del mundo, se cuela un rayo de esperanza. La gente se ayuda, se cuida, avisa a los servicios de emergencias para que atiendan al vecino, a la vecina, a la persona anónima que es arrastrada por el agua. Los equipos se movilizan, arriesgan su vida para salvar la de gente desconocida, incluso se descuelgan de helicópteros para rescatar a personas y animales que, de otro modo, no sobrevivirían. Es durante el infierno cuando el ser humano brilla hasta el deslumbramiento.

Durante los próximos días se hablará mucho de las causas del desastre, porque es evidente que las personas responsables de prevenirlo han fracasado, estaban avisadas por los servicios meteorológicos desde hacía días. Costará que se asuman responsabilidades, porque ya sabemos que la culpa siempre es del otro. Ahora bien, lo que nadie pondrá en duda será la capacidad del ser humano para crecerse en los momentos adversos, para salvar distancias y diferencias y subrayar lo único que de verdad importa, la vida.

Nuestra especie es capaz de tender puentes en lugar de destruirlos. No es necesario proponerse ayudar al prójimo, es lo que nos nace de las entrañas cuando alguien está en apuros. El altruismo existe, y conviene recordarlo. Llevamos tanto tiempo horrorizados con lo que sucede en Oriente Próximo, en Ucrania, en las aguas del Mediterráneo, que a menudo caemos en el desánimo, la apatía y el escepticismo. Sin embargo, desastres naturales como la DANA nos enseñan que la humanidad no está perdida, que también es capaz de las más hermosas hazañas. Hay esperanza.

Hoy, uno de noviembre, es tradición honrar a los seres queridos que han fallecido. Honremos también a los que no han sobrevivido a la DANA, a los heridos, a quienes lo han perdido todo, y empecemos a construir un futuro distinto, justo, solidario, comprometido. Un mundo en el que quepa la alegría de vivir colectiva.

Publicado en Compromiso Historia real Naturaleza

3 comentarios

  1. Asunción Garzón Clariana Asunción Garzón Clariana

    Totalmente de acuerdo Virginia. Un fuerte abrazo. Lo divulgó.

  2. Jordi bolos Jordi bolos

    Dede lo mas profundo, un fuerte abrazo comunitario. Creo que lo necesitamos

  3. Joana Tejeo Joana Tejeo

    Gracias Virginia por ese rayo de esperanza, descrito con esas bellas palabras, palabras de aliento para tod@s aqulll@s que la Solidaridad forma parte de nuestro ADN, pero sobre todo para tod@s estas personas que se han visto arratrad@s por esta catástrofe.!

    Un fuerte abrazo!
    Joana

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