La Primavera nos regala infinidad de colores con forma de flores. Los prados se tiñen de rojo gracias a las amapolas; los márgenes de las carreteras, hasta hace poco tan solo habitados por lo que parecían malas hierbas, se salpican de azul, naranja, amarillo y blanco. En jardines y terrazas, asoman tulipanes, narcisos y jacintos. Las horas de luz se alargan, el cielo azul le gana terreno a las nubes y, de repente, la vida parece más bonita, más alegre, más reconfortante.
Hasta que llegan los insectos. Aparecen sin que se les invite: una mosca en la sala de estar, un mosquito en el dormitorio, un saltamontes agazapado a la cortina, una hormiga en la cocina. Ay, las hormigas. A pesar de su diminuto tamaño, tienen muy buen olfato y, en cuanto detectan algo goloso, se avisan unas a otras y, en cuestión de minutos, tienes en casa una cadena de bocas hambrientas. Convivo con unas que no miden más de un milímetro, pero son terribles. Por su culpa, en mis horas de escritura ya no puedo ni beber té con miel ni comer nada. Se pasean por el teclado, la pantalla, el ratón, la taza, las manos y, quizá… Sí, creo que me he bebido alguna.
Si tienes la suerte de compartir tu vida con seres peludos de cuatro patas, habrás tenido el gusto de conocer a la pulga, un ser malvado que salta como si tuviera muelles en lugar de patas, y que, encima, se reproduce a mansalva. O las garrapatas, esos chupópteros que se enganchan a la piel para beberse la sangre de sus víctimas. Menos mal que los antiparasitarios evitan estropicios mayores.
Lo que no sé si sabes es que el cuerpo humano está siempre habitado. No me refiero a los millones de células, bacterias o microbios que albergamos en nuestro interior y que se encargan del buen funcionamiento del organismo; tampoco hablo de los piojos, tan insistentes en amargar la infancia de los mas pequeños (y de los adultos con los que conviven), ni de los parásitos ocultos en los intestinos por culpa de productos en mal estado.
Me refiero a dos compañeros de vida constantes, seres que no se separan de nosotros jamás: el ácaro Demodex folliculorum y el Demodex brevis. El primero habita en la piel; el segundo, en las glándulas sebáceas. Son seres diminutos, imposibles de ver a simple vista, y tienen ocho patas en la parte delantera del organismo. Están siempre contigo, se alimentan del sebo que segrega tu piel y de las células muertas que se desprenden. Científicos y profesores de la Universidad de Carolina del Norte estudiaron con un microscopio la cara de cientos de personas voluntarias, por fin podemos ver el demodex folliculorum.
Lo sé, el personaje da repelús. Si te pica la piel, es difícil no pensar en él. Entiendo que ahora mismo tengas ganas de correr a la ducha y frotarte la piel con un estropajo como si fueras una sartén quemada, o que quieras comprar litros de acaricida, pero tampoco te obsesiones con el tema, a ver si vas acabar con el síndrome de Ekbom o delirio de parasitosis. La buena noticia es que los científicos creen que la presencia de estos ácaros en el organismo está justificada, que impiden que se obstruyan los poros y las glándulas sebáceas. Son gente de paz.
Si su presencia en ti te da grima, enfócalo así: ¿recuerdas aquellos momentos difíciles de tu vida en los que sentías abandono, silencio, indiferencia, incomprensión de los demás?¿Aquellos momentos en los que la soledad se te anudaba en la garganta, se te clavaba en el pecho y te quitaba el aire? Se han acabado para siempre, ¡la soledad no existe!
Gracias a la ciencia, a la generosidad (o masoquismo) de la gente que se deja estudiar, hoy sabemos que cada ser humano es un universo entero. ¿Te das cuenta de lo que significa? Tanto por dentro como por fuera, te habitan millones de seres microscópicos cuya misión es ayudarte a vivir, a cumplir tus sueños, a ser feliz. Aunque no los veas, vives a diario con diminutos defensores de la alegría. ¡Celébralo!
Nota: si tras leer este texto sufres insomnio, no asumo ninguna responsabilidad. La vida es así, no la he inventado yo.
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