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Lo que el apagón me ha enseñado

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Nadie olvidará jamás el apagón colosal que hemos sufrido esta semana. A mí me pilló en el barrio de Gràcia, en la librería Aida Books&More Barcelona. Al principio no me preocupé, pensé que se trataba de algo temporal. Me asomé a la calle con Cristina, mi compañera librera, y vimos a mucha gente hacer lo mismo desde balcones, ventanas y puertas de comercios. Pensamos entonces que se trataba de una avería que afectaba a toda la calle, pero peatones que iban y venían nos dijeron que se había apagado toda la ciudad. Resultó ser la península ibérica entera.

Tampoco había Internet ni teléfono. Estábamos a oscuras e incomunicados. Tras el desconcierto inicial, llegó la preocupación. Y el miedo de que la posibilidad de una guerra se hubiera materializado. Al fin y al cabo, semanas antes se había instado a la población a preparar un kit de emergencia. ¿Y si la amenaza se había cumplido? Me decía a mí misma que no era posible, que a lo sumo se trataría de la gamberrada de un pirata informático. Una vecina no opinaba lo mismo, afirmaba muy seria que había llegado el Apocalipsis. Muy tranquilizadora no fue.

En la librería no dejaba de entrar gente. Supongo que pensaron que, si la cosa iba para largo o se ponía fea, mejor tener un libro con el que distraerse, con el que viajar lejos del presente. Cuando cerramos las puertas, mi compañera y yo nos despedimos hasta el lunes siguiente con un abrazo, por si acaso (la vecina hizo más daño del que parecía a primera vista).

Quería volver a casa. Como no estaba cerca, recurrí al transporte público, pero el metro no funcionaba, los taxis parecían haber desaparecido, y los autobuses iban tan abarrotados de pasajeros, que resultaba imposible subirse. Frente a las paradas, colas cada vez más largas. Enseguida comprendí que iba a resultar muy difícil y claustrofóbico regresar a casa sobre ruedas. Acostumbrada a dar largos paseos por ciudades y entornos naturales, decidí ir a pie.

Al principio me costó un poco orientarme, tan mal acostumbrada como estoy a usar el mapa en línea de Google. Como desde hace un tiempo no vivo en Barcelona, idear el modo de llegar hasta mi casa no era algo evidente. Por suerte, las paradas de autobús están equipadas con útiles planos, de repente escrutados por centenares de ojos. Diseñé un recorrido, me anudé la chaqueta a la cintura, me arremangué la camiseta y me puse a caminar. Enseguida me mezclé con una masa de peatones anónimos que avanzaba con determinación.

Hablábamos entre nosotros, contrastábamos la información que teníamos, nos guiábamos para llegar al punto de destino, nos acompañábamos en un momento de desasosiego. Una parte del trayecto la caminé detrás de una mujer vestida con traje de chaqueta y falda grises, descalza, con unos zapatos de tacón afilado colgando de la mano derecha. Agradecí llevar bambas. Tras nueve kilómetros, que recorrí en casi tres horas, llegué a casa. Agotada, sudada, débil, pero ¡tan contenta!

Confieso que me gustó volver a casa a pie. Durante unas horas sentí que regresaba a una época en la que no habían pantallas digitales ni molestos patinetes eléctricos por las aceras ni redes sociales esclavizadoras ni teléfonos individuales ni prisa. Me gustó rodearme de gente anónima, compartir trayecto, cansancio; ver solidaridad, amabilidad, alegría. Porque, cuando a las once de la noche la luz regresó a mi barrio, muchas personas salimos al balcón y participamos en un aplauso colectivo, como lo hicimos años atrás en la pandemia del Covid-19.

El apagón no dejó a nadie indiferente. Escribo este texto sin conocer todavía las causas que nos llevaron al desastre, cansada del clásico duelo de reproches entre el gobierno y la oposición, aunque parece que todo es culpa de la codicia de las grandes eléctricas. No me sorprende. En cualquier caso, el lunes fue un día revelador. Esto es lo que el apagón me ha enseñado:

  • Ante una situación inesperada, hay que intentar mantener la calma. No es un buen momento para hablar del Apocalipsis ni de invasiones extraterrestres ni de un meteorito como el que acabó con los dinosaurios.
  • Los zapatos de tacón no sirven para largas caminatas. En realidad son una tortura para los pies, y así estamos, rodeados de podólogos.
  • Conviene llevar siempre encima una botella de agua, a poder ser llena, y dinero en efectivo, que lo de pagar con el teléfono móvil queda muy moderno, pero es inútil sin electricidad o batería.
  • Tampoco está de más conocer el lugar en el que estamos, disponer de un plano de la ciudad que nos permita desplazarnos a pie. Cuándo éramos pequeños nos encantaba soltarnos de la mano de nuestra madre o nuestro padre, perdernos, y bastaba con llorar desconsolados para que alguien nos ayudara. Pero ya tenemos una edad, el truco del llanto no sirve.
  • Aunque vivimos en la era digital, no está de más conservar lo que un día fue útil. Sin lugar a dudas, la gran protagonista del apagón fue la radio a pilas. En segundo lugar, o fueron las velas y las linternas.

Ahora bien, la principal enseñanza del apagón fue la misma que en otras ocasiones catastróficas: el ser humano es solidario por naturaleza, capaz de las hazañas más hermosas. Desde aquí aplaudo a todo el que el lunes tuvo miedo y se enfrentó a él, al que ayudó al desconocido, al que compartió su radio para que otros estuvieran informados de lo que sucedía, al que llevó comida y bebida a los pasajeros que se vieron obligados a dormir en el suelo de una estación de trenes o de un aeropuerto, a quienes rescataron a la gente que quedó atrapada en ascensores, túneles, trenes, atracciones, a quienes mantuvieron el tipo en hospitales, residencias y ambulatorios. Juntos resistimos, juntos resistiremos siempre.

Publicado en Compromiso Historia real

3 comentarios

  1. Olga de Greta Olga de Greta

    ♥️♥️♥️

    Nos dejó Gretita hace dos meses.
    Nunca olvidaré el día que te diste cuenta en el parque que se escapaba mientras todos estábamos distraídos.
    Muchos achuchones a Trufa.
    Me ha gustado mucho el artículo ♥️🐶
    Olga de Greta

  2. Jordi bolos Jordi bolos

    A menudo, respirar y tomarte
    Un descanso, contemplar la calle , ver que no estas solo, ser solidario….es algo que tendriamos que tener presente siempre, esta vez nos obligaron… aprendamos

    • Virginia Virginia

      Aprendamos, sí.

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