Vivimos en una sociedad de consumo, lo que significa que la economía de nuestro país, y la de casi todo el mundo, se rige por el consumo masivo de bienes y servicios. Somos consumidores, nos empujan a serlo. El problema es que el consumo tiene un impacto en el planeta. Desde hace unos años se usa «la huella ecológica», un indicador que sirve para medir la superficie necesaria para producir los recursos que requiere nuestro estilo de vida, así como para absorber los residuos que genera. La Global Footprint Network afirma que, para mantener el ritmo actual, son necesarios 1,7 planetas. El problema es que solo tenemos uno.
Urge un cambio de hábitos. Hay que dejar de consumir masivamente y, también, consumir de un modo más respetuoso con el entorno. Para ello, es fundamental que cada uno de nosotros conozca su huella ecológica y la reduzca. Aunque también podemos quedarnos de brazos cruzados y esperar a que se descubra un planeta habitable al que mudarse. Pero no lo aconsejo; si ya da mucha pereza cambiarse de casa, imagínate de planeta.
El consumo incide en el medioambiente y, también, en los derechos humanos. El reportaje El precio de lo barato denuncia lo que se esconde detrás de cada prenda que compramos a precios irrisorios: un sistema de abusos laborales, sexuales, tráfico de personas y trabajo infantil. Da escalofríos, pero es importante estar bien informado, saber que la esclavitud todavía existe y que, sin darnos cuenta, contribuimos a ella.
La buena noticia es que los consumidores somos poderosos. En la década de los 90, Nike solo fabricaba el 5% de su ropa deportiva en Estados Unidos. Para reducir costes, recurría a subcontratas afincadas en China, Indonesia, Vietnam y Tailandia, que violaban de forma sistemática los derechos humanos. Este descubrimiento provocó numerosas movilizaciones de denuncia, Nike cayó en el desprestigio y las ventas de sus productos se desplomaron. Los consumidores, convertidos en jueces, se rebelaron y castigaron a Nike. La firma tuvo que replantear la situación.
Todavía recuerdo la conmoción que causó, a principios de este siglo, la publicación de No logo: el poder de las marcas, de la periodista y escritora Naomi Klein. El libro tuvo un éxito tremendo y se convirtió en un referente de la lucha contra el abuso; narra el origen y crecimiento de las grandes empresas, analiza la huella que dejan en todo el mundo, derechos humanos incluidos, y descubre las tácticas que usan para expandirse y enriquecerse. Además, recoge y subraya la respuesta ciudadana a este atropello, los actos de rebeldía que surgieron como respuesta al despropósito. Es un libro imprescindible para entender que el consumidor es un poderoso aliado en la construcción de un mundo mejor.
Si te cuento todo esto no es porque me haya golpeado la cabeza y de repente me entusiasme el mundo empresarial, sino porque estoy encantada con lo que está sucediendo desde hace unos días en el panorama musical. Cada año se celebra en Barcelona el Festival Internacional de Música, Creatividad y Tecnología Sónar, más conocido como Sónar, pero la edición de este año peligra. Se ha sabido que uno de los principales inversores del festival es el fondo de inversión estadounidense Kohlberg Kravis Roberts, que también controla otros festivales como el Viña Rock, el Arenal Sound o el FIB. Pues bien, resulta que el fondo invierte en empresas israelíes de ciberseguridad y, también, en la construcción de viviendas israelíes en territorios palestinos ocupados de forma ilegal. Se ha desatado tal escándalo, que
decenas de artistas han cancelado su participación en el festival a pocos días de su inauguración. Este gesto, que puede parecer trivial, no lo es. Los artistas, al igual que las empresas, tienen una imagen que cuidar, y nadie les perdonaría que se convirtieran en cómplices de un genocidio atroz que ha asesinado a miles de inocentes.
Además, múltiples asistentes han mostrado su indignación y reclaman el importe de sus entradas. El asunto es tan grave, que Sónar ha publicado un comunicado en el que desmarca de las actuaciones del KKR, y ha decidido devolver las entradas a los asistentes que así lo deseen. Además, ha anunciado que donará lo recaudado a organizaciones que ayudan a la población de Gaza. Toma efecto dominó.
Hay esperanza. Cada vez son más las personas que levantan la voz contra la barbarie, que dejan de consumir productos israelíes o que se niegan a blanquear la colonización de tierras palestinas. Aunque a veces no lo parezca, los seres humanos tenemos poder de decisión propia. Es cierto que reaccionamos tarde, a menudo demasiado tarde, que nos dejamos manipular, que la pereza nos lleva a informarnos poco y mal, pero lo importante es que siempre llega el momento en el que despertamos, nos organizamos y plantamos cara. Ha sido así desde el principio de los tiempos y así será siempre. No lo olvides: el futuro de las empresas, de los países y del mundo pasa por el consumidor. Recuerda tu poder. Úsalo bien.
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