Este verano he visto perezosos por primera vez. No sé si ya has visto al que yo creía que era un oso, aunque hay quien piensa que es un mono. No es ni lo uno ni lo otro, sino otro tipo de mamífero que vive en los árboles de América Central y América del Sur, de cuyas hojas se alimenta. Mide poco más de medio metro de longitud, no pesa más de cinco kilos y tiene la cabeza pequeña y redonda. Aunque muestra una cara adorable, es mejor no enfadarlo, pues sus garras son espeluznantes (en la primera fotografía, un perezoso de tres dedos; en la segunda, uno de dos).
No es fácil ver a un perezoso. Se desplaza con movimientos muy lentos y solo desciende a tierra firme una vez a la semana, para hacer sus necesidades fisiológicas. Su pelaje, largo y espeso, acostumbra a convertirse en hábitat de otras especies, incluido el musgo, lo que le confiere un aspecto verduzco que le ayuda a camuflarse entre las ramas. Verlo una vez es un regalo; más de una, como si te tocara la lotería.
Te hablo del perezoso no porque me haya convertido de repente en reportera naturalista, sino por un dato curioso: tiene cuatro estómagos. Tiene fama de vago, pero si pasa tanto tiempo quieto agarrado a una rama es porque sus digestiones son complejas. Imagínate tener cuatro estómagos, con lo difícil que resulta manejar uno solo: indigestiones, virus intestinales, retortijones, parásitos, gases, intolerancias alimentarias, etcétera. Pensarás que con tener un estómago es suficiente, pero a mí ahora me gustaría tener cuatro.
Vi al perezoso en la exuberante Costa Rica, una visita imprescindible para cualquier amante de la naturaleza. Ahora bien, no hubo un solo día en el que no sintiera un atisbo de mala conciencia, pues mientras yo deambulaba por la selva tropical, costa caribeña, bosques nubosos y tierras volcánicas, en otras partes del mundo había ingentes cantidades de sufrimiento. Gaza, Afganistán, Ucrania, tantos millones de personas pasándolo mal. Fatal.
La mala conciencia impide disfrutar del presente en su totalidad, y es una lástima, pues ese momento no se repetirá. Lo expresa muy bien uno de los personajes de Dime quien soy, de Julia Navarro: «Tener conciencia es un inconveniente y yo, amigo mío, la tengo, nunca he podido desprenderme de ella. (…) Le aseguro que me hubiera gustado prescindir de ella porque es la peor compañera que pueda tener un hombre.»
Cualquier persona con un mínimo de empatía es incapaz de librarse de la conciencia. Hay que tener estómago para encajar la injusticia, la violencia, el asesinato planificado, el infierno televisado. La cantautora Rigoberta Bandini confesaba, en su post del pasado lunes y sin usar signos de puntuación, llevar todo el verano «luchando con este sabor agridulce de poder vivir mi vida con todo tipo de lujos todo tipo de viajes copas de vino risas playas libros leídos todo tipo de estampas de un verano normal con un extraño hedor de fondo una sensación de putrefacción del alma humana que va calando en mis huesos y no me puedo desprender de ella fácilmente».
Cuesta librarse de la conciencia, aunque quizá el error es pensar que para ser felices debemos librarnos de ella, mirar hacia otro lado, vivir en la ignorancia. Para mí la conciencia es una posesión importante, nos ayuda a valorar lo que tenemos, a exprimir al máximo el presente efímero, y, sobre todo, nos empuja a rebelarnos y luchar para cambiar las cosas, mejorar el mundo en el que vivimos.
Dicen que para ser capaces de soportar cosas desagradables hay que tener un buen estómago, y yo quiero tener los de un perezoso, tener más de una oportunidad para intentar digerir el panorama mundial y nacional, poder defender la alegría con total libertad sin sentirme una ilusa.
Hoy empieza la séptima temporada de mi blog. Hoy arranca la era del perezoso.
¡Vamos!
Curioso animal y magníficamente descrito en tu texto. Sólo tenemos un estómago y ya del todo retorcido y angustiado con las masacres de aquí y allá.
Que ganas de volver a leerte y que nos intentes arrancar una sonrisa, a pesar de los tiempos revueltos que nos toca vivir. En un momento donde la tensión y la radicalización están a la orden del día, tus escritos de los viernes, consigue dibujarnos una sonrisa.