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Pompas de jabón

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Hace unos días presencié dos escenas contrapuestas. Por un lado, en el metro, una niña gesticulaba frente a la pantalla de un teléfono móvil. Guiñaba un ojo, sacaba la lengua, ladeaba la cabeza, ponía morritos, lanzaba un beso, se estiraba de una oreja, se tocaba la punta de la nariz. De repente se quedó quieta, con la mirada fija en la pantalla, y después levantó un puño en señal de victoria. Imaginé que la niña estaba inmersa en algún juego.

Días después, en una plaza, un niño jugaba a la pelota, una niña saltaba a la comba y otra más pequeña tiraba de una rana con ruedas que escupía pompas de jabón. Aquella imagen me devolvió a mi infancia. Reconocí los sonidos provocados al chutar una pelota, al aterrizar con los pies en el suelo, al arrastrar unas ruedas por una superficie. Hubo un momento en el que se cruzaron en el aire la pelota, la cuerda y las pompas multicolor. Fue una imagen hermosa.

Si tuviera que elegir entre las dos escenas, me quedaría con la segunda. Habrá quien lo achaque a que soy de otra generación, a la nostalgia por los buenos tiempos pasados que aparece con la edad. Es posible, pero yo creo que es porque me gusta el movimiento, la vida. No me gusta ver a alguien abducido por una pantalla, quieto, callado, con la mirada ida. Si lo piensas, da un poco de miedo.

Las nuevas tecnologías han revolucionado nuestro mundo. Donde antes solo había grupos de personas reunidas en la calle, en una plaza o en el patio del colegio, donde antes solo había gritos, tensión y risas, ahora hay también unas pantallas erigidas como murallas, pantallas que nos separan de lo que nos rodea y nos conectan con personas que nos hablan desde distancias remotas. El mundo ha cambiado, el mundo ahora sucede en una pantalla.

La pandemia del Covid-19 fue un punto de inflexión para nuestro estilo de vida. Las pantallas nos salvaron de la angustia, la soledad, la incomprensión; arrojaron luz en la oscuridad, nos conectaron unos a otros, nos entretuvieron. Millones de personas encontramos en las pantallas una tabla de salvación y, sin darnos cuenta, abrazamos una nueva realidad anclada en la dependencia eléctrica.

Basta con irse de vacaciones para comprender lo importante que resulta el hallazgo de un enchufe. Ya no podemos vivir sin ese agujero en la pared, en el asiento de un tren, de un avión. Lo necesitamos para cargar el teléfono móvil, la tableta, el libro electrónico, el reloj inteligente, los auriculares inalámbricos. Hay incluso quien no sale de casa sin llevar encima una batería portátil, pues el apagón le descubrió la angustia y el desasosiego que provoca una pantalla oscura.

Esta semana Red Eléctrica ha alertado al Gobierno de que durante las últimas dos semanas ha habido variaciones bruscas de tensión en el sistema eléctrico que, de no ser revertidas, pueden desencadenar nuevos apagones. Una noticia dramática para una sociedad que cada vez demanda un mayor consumo eléctrico. Tenemos un problema gordo.

Hay quien en un problema ve una oportunidad. Oportunidad de cambio, de mejoría, de autenticidad. Quizá haya llegado el momento de replantearnos nuestro estilo de vida, de recuperar el contacto físico, la mirada, la escucha. Una plaza sin gritos de niños y niñas, una reunión de personas ocultas tras una pantalla, es tan triste como una primavera sin flores, un cielo sin luna. No sé tú, pero yo prefiero la sencillez y la belleza de las pompas de jabón, la alegría que me provoca verlas volar libres. Libres.

 

Publicado en Historia real

6 comentarios

  1. Lu Lu

    Completament d’acord amb la teva reflexió, Virginia! Visca el moviment, la trobada i les veus en directe, en persona!

    • Virginia Virginia

      Merci, Lu. Visca!

  2. Marta Marta

    Qué maravilla de refkexión Virgi!! Súper slineasa con estas ideas! Y aunque seamos de otra generación…. en este caso si que puedo afirmar que «cualquirr tiempo pasafo fue mejor»!! Gracias por escribir así!! Un besazo!!!

    • Virginia Virginia

      Gracias a ti por leerme y comentar el texto. Un abrazo.

  3. Gloria Gloria

    Totalmente de acuerdo contigo, las pantallas nos deshumanizan, no hay más que subir al transporte público todos mirando el móvil, y da igual que haya una persona de 80 años de pie, nadie levanta la mirada, todos ocupadísimos.
    Gracias Virginia

    • Virginia Virginia

      Gracias a ti, Gloria.

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