El escritor Theodor Seuss Geisel escribió más de 60 libros infantiles bajo el seudónimo de Dr. Seuss. Sin duda, el más conocido es How The Grinch Stole Christmas (¡Cómo el Grinch robó la Navidad!), publicado en 1957. El protagonista, un bicho verde, peludo y gruñón, odia la Navidad. La odia tanto que hace todo lo posible por eliminarla. Pero no lo consigue.
Cada vez más gente se identifica con el Grinch. Es difícil comulgar con la Navidad mercantilista de nuestra sociedad, orientada a fomentar un consumismo desacerbado en lugar de los valores cristianos que se supone debería defender. Año tras año aumentan las ciudades que se suman a la moda de iluminar la noche, incluso compiten entre ellas para ver quién tiene las calles más bonitas.
Cada vez se iluminan antes, pues está demostrado que la iluminación navideña fomenta el consumo. Es bonita, a veces una obra de arte, ¿cómo no dejarse conquistar por los vivos colores que cuelgan de fachadas, farolas y árboles? Los supermercados también anticipan la Navidad. En septiembre ya se podían comprar turrones, polvorones, mantecados, neulas y peladillas.
Para las personas adultas es fácil identificarse con el Grinch. Durante nuestra infancia creíamos que la Navidad era una época en la que sucedía la magia, pero el hechizo se esfumó al descubrir la mentira de los Reyes Magos y de Papá Noel. Con el paso de los años, a la sensación de engaño se añadió la de la pérdida de seres queridos sin los que, admitámoslo, ya nada es lo mismo.
Diciembre y enero son meses complicados. Hay gente que aprovecha para sacarse del medio y viajar, pero no sirve de mucho, lo sé por experiencia. Me mudé por trabajo al Uruguay un 1 de diciembre, por fin me iba a librar de las celebraciones navideñas. Sin embargo, a pesar de que en el hemisferio sur era verano y hacía calor, transité por las fechas señaladas sumergida en la nostalgia.
Pero la magia existe. No sucede en Navidad sino durante todo el año. El extraño que en el metro nos avisa de que tengamos cuidado, llevamos un bolsillo de la mochila abierto; el que hace cola frente a la caja del supermercado con el carro atiborrado de productos y, al ver que solo llevamos dos o tres, nos cede el paso; el que en pleno ataque de tos nos ofrece un caramelo para la garganta.
También hay magia en el recuerdo. Antes de partir, nuestros seres queridos dejaron una huella en los corazones, una prueba de su existencia, un flotador al que agarrarse cuando la vida se complica. Guardamos en la memoria vívidas imágenes, el sonido de la voz, la fuerza del abrazo, la risa contagiosa, las ganas de juntarnos y compartir vida. Los soñamos, les hablamos, los sentimos.
La magia no se ve, se vive, dentro y fuera de la Navidad. Cuando la emoción se me clava en la garganta y me encharca los ojos miro al cielo. Me recuerdo que somos un puntito en el universo, una mota de polvo en un planeta habitado por millones de personas. Que yo esté aquí, que entre tanta gente haya conocido a bellísimas personas que me han conmovido y que conmueven tiene que ser magia. Qué si no.
Os deseo unas felices fiestas y un 2026 rodeados de gente que os sume alegría.
Imagen: decoración navideña 2025 restaurante 4 gats.
Felices fiestas, Virgina! y feliz Navidad!!
La Magia sí existe y tus palabras escritas lo demuestran!
¡Un abrazo a la familia y un beso grande para ti!
Muchas gracias, Pilar.