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Las vidas que no vivimos

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A veces me pasa que me enamoro de un lugar y me pregunto cómo habría sido mi vida de haber nacido allí. Me invade una extraña melancolía, una desazón difícil de explicar con palabras. Es algo así como si echara de menos a la hija o al hijo que nunca he tenido. No tiene sentido, lo sé, y, sin embargo, me ocurre de vez en cuando. ¿A ti también te pasa?

Después del estreno de la oscarizada Braveheart, de verla varias veces en el cine, de comprarme la banda sonora y empaparme de ella, en 1996 asistí durante tres semanas a un curso sobre inglés jurídico en la Universidad de Edimburgo. Me apunté a las excursiones que organizó la universidad y, como no podía ser de otra manera, conocí los famosos Highlands. Miraba las montañas e imaginaba al guerrero William Wallace defender su tierra y gritar Freedom!

La película me impactó tanto, que me empapé de música con gaitas e, incluso, me compré un libro sobre los patrones de tartán propios de cada clan escocés, algo muy útil para mi vida en Barcelona. Lo siguiente era inevitable: imaginar mi vida en Edimburgo, donde encima le habían erigido una estatua a Bobby, un Skye Terrier que veló la tumba de su amigo humano durante 14 años. En su lápida hay una inscripción que reza: «que su lealtad y devoción nos sirvan de lección a todos».

Por cuestiones de trabajo, en otoño del 2009 conocí la ciudad de Washington. Me cautivó la belleza del follaje otoñal, repleto de rojos ardientes, amarillos dorados y ámbares resplandecientes. Los colores se reflejaban en el estanque del National Mall y parecían envolverme, trasladarme a otra época, sensación que se acentuó al visitar la Librería del Congreso. ¿Cómo sería vivir en aquella ciudad? Hoy celebro no vivir bajo la era Trump.

He veraneado en Formentera, Ibiza, Mallorca y Menorca. Hay algo en las Islas Baleares que me seduce, la luz, la tranquilidad, el contacto con la naturaleza. No he visto aguas más transparentes ni atardeceres más impactantes. Me encanta pasear por los senderos en busca de una cala remota vacía de gente, empaparme de la fragancia de los pinos, flotar en busca de peces. Lástima que al consultar los anuncios de las agencias inmobiliarias se me corte la digestión.

Me enamoré de los miradores de Lisboa, de Turín a los pies de los Alpes nevados, de las bandadas de estorninos al atardecer en Roma, del París tranquilo durante la pandemia del Covid-19, del paseo junto al Danubio en Budapest, del centro medieval de Rothenburg ob der Tauber, de los canales de Brujas, de los de Venecia, de la nieve en Bruselas, de la ciudad medieval de Carcasona, rodeada de viñedos y castillos. ¡Me he enamorado tantas veces de tantos lugares!

Hay una escena de la película Cinco Lobitos en la que la maravillosa Susi Sánchez le dice a Laia Costa algo que podría haberme dicho a mí: «todas esas vidas que no vives son siempre perfectas, ideales, pero en algún momento hay que vivir la vida que te ha tocado, hija». Me gusta mi vida. Aun así siempre cabe la duda, la eterna pregunta precedida de un «y si». ¿Y si no me hubiera ido a vivir a Bruselas siendo una niña? ¿Y si no hubiera regresado a Barcelona jamás?

Al final hay que aprender a vivir con las vidas que no vivimos, aceptar que vivir es como leer cualquier título de la colección que muchos devoramos durante nuestra infancia, Elige tu propia aventura. Lo importante no es el lugar en el que vivimos, sino cómo vivimos, con quienes. Ninguna vida es perfecta, pero es la nuestra. Ahora que el año camina hacia su final es momento de hacer balance, mirar a nuestro alrededor y darnos cuenta de que siempre hay motivos para la alegría.

Publicado en Historia real Naturaleza

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