Cuarto de EGB. Se llamaban Elisabeth, Teresa y Elsa. Las dos primeras eran mayores que yo, habían repetido curso, pero Elsa tenía mi edad. Aunque nunca tomaba la iniciativa, sí participaba en las fechorías de las repetidoras. Las tres eran altas y fuertes, sus cuerpos las hacían sentirse poderosas. Me arrinconaban en el patio, las escaleras, un pasillo, el servicio, el autocar. Me pegaban, me insultaban, me estiraban del pelo.
Yo no era su única víctima, había más. Nos mirábamos en silencio, cómplices en la desgracia. Pero no decíamos nada. Teníamos miedo, callábamos el abuso, lo permitíamos. En una ocasión, en el autocar de regreso a casa, me agarraron un brazo, me levantaron la manga del jersey y me rascaron la piel del antebrazo hasta arrancármela. Me dolió mucho. Antes de la cena, durante el baño, se descubrió la agresión. La herida, al entrar en contacto con el agua caliente, me hizo gritar.
Sorpresa, miradas de preocupación, preguntas. Al principio yo callaba, si me chivaba se sabría y habría consecuencias, pero al final no pude soportar la presión y lo conté todo, las nombré a las tres. Lloré mucho. Después sentí alivio. La respuesta no se hizo esperar: mi padre, cual superhéroe, acudió a la escuela y habló con mi profesora y la directora del colegio. Hubo una investigación, las demás víctimas rompieron el silencio.
Se tomaron medidas: las dos repetidoras fueron expulsadas del colegio, pero a Elsa le dieron una oportunidad. La sentaron a mi lado, me dijeron que porque creían que, al ser yo una buena niña y estudiosa, ejercería una buena influencia sobre ella. No me hizo ninguna gracia, pero accedí, qué otra cosa podía hacer con tan solo nueve años. Al final nos hicimos amigas, a fecha de hoy mantenemos el contacto.
El mundo está lleno de abusones, de gente que disfruta haciendo sufrir a los demás. En Estados Unidos, desde hace semanas, tres mil hombres de la policía antiinmigración de Trump se dedican a sembrar el terror en calles, escuelas y hospitales. Sus excesos se han cobrado la vida de Renée Good y Alex Pretti, ciudadanos estadounidenses cuyo delito fue protestar. Alex, tras ser reducido, recibió diez balazos. Diez.
El problema no es la existencia de abusones, los ha habido siempre, sino la permisividad con la que actúan. Me habría gustado que mis compañeros de clase denunciaran el abuso que sufríamos algunas de sus compañeras, pero no lo hicieron. Supongo que temían sufrir represalias, el miedo es un enemigo muy poderoso, pero al callarse se convirtieron en cómplices y nos condenaron a sufrir.
Es importante ayudar a quienes padecen abusos, darles herramientas para que puedan salir del infierno en el que otros les han metido. También, decir basta, nunca más, hasta aquí. No rendirse. En Estados Unidos, a pesar de las gélidas temperaturas del invierno, las calles están llenas de personas que denuncian el despropósito y la barbarie. Lo mismo sucede en Irán, hartos de un gobierno opresor. Ante el abuso, el silencio no es una opción.
Al recibir el premio Feroz 2026 Mejor actriz de reparto de una serie por Poquita fe, Julia de Castro dijo algo que me conmovió: «me gustaría hacer un llamamiento desde aquí y es a no normalizar la violencia verbal, en redes, en prensa, en grupos de WhatsApp. Tiene que parar. Hay mucha más gente buena, pero hacemos menos ruido.» Estoy de acuerdo con ella.
Los buenos somos más numerosos, la reacción ante la tragedia sucedida en Adamuz nos lo recuerda. A veces nos equivocamos y dañamos a los demás, pero nunca a conciencia y, desde luego, siempre con la intención de hacerlo mejor la próxima vez. En cambio, los abusones hacen lo que les da la gana sin ningún tipo de mala conciencia. Vacío el cargador y me quedo tan ancho.
Basta de violencia, de ruido. Basta de silencio cómplice. Los buenos debemos unirnos y defender juntos la alegría, la individual y la colectiva. No dejemos que los abusones ganen la partida, expulsémoslos del juego.
¡CUÁNTA RAZÓN tienes!! ¡Las Buenas personas hemos de hacernos ver!! No dejar que nos pisen y defender a quien sufre abusos. Gracias por hacernos reflexionar con tus palabras.
Que el único ruido posible sea el que hacemos con el corazón. Un beso guapa.
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