Las ciudades esconden infinidad de tesoros. Unos se muestran, otros se ocultan, incluso caen en el olvido. Basta con salir a la calle y prestar atención para descubrir algunas joyas. Alzar la mirada, apartarla de las preocupaciones, del dolor. Descubrir una moneda perdida, unos brotes tiernos en las puntas de las ramas, un pájaro que mira con interés (y desconfianza), un saco de derribo con baldosas hidráulicas, el zapato de un bebé, un oso de peluche. Y libros.
Llueve desde hace horas, días. La humedad aumenta la sensación de frío, avanzo encogida bajo un paraguas en dirección al punto de encuentro con unos amigos. De pronto, en la barcelonesa plaza de Orfila, encajada bajo el tejado de un quiosco cerrado desde hace años, una librería de madera con tres estantes repletos de libros usados. Me acerco, leo los títulos, me pregunto qué hacen allí, al aire libre, lejos del calor de un hogar, de unas manos que los lean, que los acaricien.
Me acuerdo entonces de la existencia del bookcrossing, una práctica que consiste en abandonar de forma deliberada un libro en algún lugar público, con el objetivo de que alguien lo encuentre, lo recoja, lo lea, lo abandone a su vez. Si le apetece, puede compartir su opinión sobre el libro en la página web y promover así una especie de club de lectura global de gente anónima. Hay zonas oficiales de intercambio de libros por todo el mundo, también en España.
El insólito hallazgo en plena calle me recuerda una lectura: La librería ambulante, de Christopher Morley. Narra la historia de Roger Mifflin, un librero que vende su singular librería sobre ruedas a Helen McGill, quien decide, harta de la monotonía de su vida, lanzarse a la aventura y recorrer mundo. Escrito con humor y sencillez, el libro es un homenaje a las primeras bibliotecas viajeras de principios del siglo XX, y subraya la idea de la literatura como compañera de vida.
Recuerdo también que, en la España de los años 50, la inolvidable Gloria Fuertes creó, con la escritora norteamericana Phyllis Turnbull, por entonces su pareja, el primer servicio móvil de lectura infantil del país. Montada en una Vespa, recorría los pueblos de la sierra de Madrid para acercar los libros a los niños de las zonas rurales, esos lugares menospreciados de nuestra geografía donde apenas llega nada. Gracias a Gloria, miles de niñas y niños dejaron volar su imaginación.
A veces los libros decepcionan. La historia no es creíble, la escritura es aburrida, los personajes no convencen. A menudo se publica con una calculadora en la cabeza que mide ganancias económicas en lugar de lectores satisfechos. Bajo el renombre de escritores consagrados se ocultan auténticas pérdidas de tiempo. Yo acabé el 2025 con la triste pero firme decisión de no llevarme al 2026 una lectura que arrastraba desde hacía semanas. Por respeto a la autora, me callo el título.
Los libros que decepcionan no deben tirarse ni quemarse. Aunque no lo parezca, contienen un trabajo arduo, noches de insomnio, sueños, miedos, nervios. Por fortuna, los seres humanos somos tan distintos unos de otros, que lo que a uno le aburre a otro le encanta. Por eso, cuando una lectura decepciona, lo mejor es abandonarla, regalarla, donarla, incluso venderla. Regalarle otras vidas.
Qué maravilloso es hallar lecturas que se disfrutan, que nos dejan con una sonrisa en los labios, que nos hacen acariciar la portada del libro, que nos regalan la certeza de que, tarde o temprano, regresaremos a él. Los libros nos acompañan, nos salvan muchas veces. De los demás, de nosotros mismos. Son refugio, alas con las que volar, un abrazo en una noche fría, una fuente de alegría. Lo tengo claro desde hace tiempo: no sin un libro.
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