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¡A tu salud!

Junio avanza y con él las altas temperaturas. El cielo pasa cada vez más rato vestido de azul y los brazos ya no admiten ropa de manga larga. Los días se van alargando y caminan directos a la noche más corta del año. No hay duda, ¡se acerca el verano! Y, con él, la tentación. ¡Maldición! Tienta pasear al aire libre y dejar que el sol vaya marcando nuestra piel. También apetece apearse en alguna terraza y aplacar la sed con la bebida estrella de la temporada: la cerveza. Bien fría y, si puede ser, con la jarra recién salida del congelador. ¡Qué rico el primer trago! Por supuesto, imprescindible acompañarla con alguna buena tapa.

Hasta aquí todo maravilloso, ¿verdad? ¡Pues no! Así cuesta mucho sentarse a escribir, concentrarse incluso. La voluntad parece haber adelantado sus vacaciones y la dedicación y el compromiso se han colado en su maleta. ¡El peligro acecha! Seguramente todo tenga su explicación: el origen de mi escritura está en la lluvia bruselense. Como cuento en el apartado ‘Sobre mí’, viví en Bruselas durante bastante tiempo. Cuando estás en un lugar en el que llueve casi todos los días del año, puedes hacer dos cosas: pegarte un tiro o intentar distraerte. Como no tenía ninguna pistola a mano, y tampoco es que me motivara mucho dejar de respirar, opté por la segunda. Leía y escribía mucho. Cuentos y cartas. Y, cuando digo mucho, no solo me refiero a que escribía a menudo, sino a que me enrollaba como una persiana en mis cartas. ¡Tremenda! Era habitual llegar a la oficina de Correos y tener que comprar sellos por valor superior a la tarifa habitual. Cuando lo pienso, me pregunto qué tenía tanto que contar una chica de entre once y dieciocho años. Mi vida tampoco era tan emocionante. ¡Llovía todo el rato! Bueno, en invierno también nevaba. En cualquier caso, lo que apetecía con semejante clima era estar en casa. Con la calefacción encendida. Y bebiendo un chocolate caliente. A partir de ahí, a darle rienda suelta a la imaginación.

Ahora, viaja en el tiempo y en el espacio. Sitúate en España. Tienes más de cuarenta añitos. Estás en la flor de la vida y, por fin, has conseguido responder a las cuestiones que te planteaba Jorge Bucay en su libro Las 3 preguntas. ¿Quién soy? ¿Adónde voy? ¿Con quién? Escribes porque sientes la imperiosa necesidad de hacerlo. Lo disfrutas. Te llena. Sabes que es para lo que has nacido. ¡Qué bien! Pero, cada año, en verano, se te aparece un demonio. Puedes verle los cuernos en la cabeza, e incluso percibes el movimiento de su cola. En una mano trae un sol radiante y, en la otra, una cerveza helada. Tu angelito, en cambio, te indica el teclado del ordenador y te invita a que lo hagas bailar. El pobre no sabe que la partida está perdida de antemano. ¿Cómo resistirse a la tentación? ¡Con la cantidad de mililitros de lluvia que llevas en tu mochila! Así que cedes, y como no hay una sin dos, ni dos sin tres, acabas despistándote, perdiéndote en interesantes conversaciones. Apuras la vida. Ya no la escribes, la vives. Para luego escribirla. Contarla. Compartirla.

¡A tu salud!

Publicado en Compromiso Escritura Historia real Libros

Un comentario

  1. Gloria Valdivia Gloria Valdivia

    Salud, amiga. Por la vida, por la escritura y sobre todo por que la compartamos.

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